martes, 16 de marzo de 2010

Soledad acompañada.

Debo confesar, que no me agrada la soledad acompañada, eso de estar rodeado y a la vez solo. Como el león enjaulado en un circo, el soldado rodeado y entregado a su muerte o la ballena varada en la costa siendo el descanso de las gaviotas. Prefiero la presencia del mar inerte según la ciencia, pero para mi más vivo que cualquiera. Prefiero escucharlo a el y a sus crías reventando en la orilla.
Distingo al ojo luminoso que calienta la arena en la que me tiendo a soñar, con las pupilas dilatadas y sabiendo que es dañino; pero no más que la gente, muerdo mis pensamientos como nunca antes lo he hecho.

Disfruto asistir a la naturaleza solidaria, que vive una soledad acompañada al igual que yo, que convida sus aromas de infinitas texturas, que enseña sus colores y, ¿como no?, sus sonidos, ambos se hacen arte en mi retina y en mis oídos. Hoy ella me entrega su alimento. Dulces sabores inmortales, junto a eternos motivos para seguir vivo, en un mundo egoísta, que se pierde a conciencia, sin que nos pida nada a cambio.


Ignacio Borowitzka.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Primer día de clases.

Desperté como si tuviera los efectos de la adormidera y el vino seco molestando en la garganta a mitad de la noche, la luna se dibujaba en mi ventana con un contorno difuminado, era perfecto para un cigarrillo, acostado miraba el cielo y recordaba las experiencias vividas horas atrás, antes de llegar a casa y volver a la realidad agobiante de la soledad acompañada.
Ayer, la noche se desahogo regalándonos un hermoso cielo estrellado, que mejor para cremar las sonrisas falsas y los silencios innecesarios. Las cuerdas a dúo y las voces ya gastadas de tantas noches de verano acompañaban a un vino de bajo presupuesto y una que otra cerveza tibia. Un perro esquizofrénico que moría por unas caricias, de esas que por alguna extraña razón nos cuestan tanto entregar, el mar mordiendo la orilla y un abrazo de peces galácticos, también el frío y la brisa, una mezcla de trastornadas delicias bajo la luz de Venus.
Venus, que se ha ido lejos, pero aun esta presente, esa noche estaba allí con cierta nostalgia observándome en la anestesia. Mi cuerpo se volvía pesado y mis piernas lánguidas en el viaje a tus pensamientos, atravesando esa mirada, me golpeo en la nuca ese apuro a la miseria que no logras controlar y no pude evitar caer al suelo dramáticamente, derramar de un vaso la sangre de dios y apagar inconciente un cigarro en la arena húmeda, pero tu estabas ahí y eso me mantuvo contento.


Bienvenidos sean los que deseen seguir leyendo.

Ignacio Borowitzka.