miércoles, 10 de marzo de 2010

Primer día de clases.

Desperté como si tuviera los efectos de la adormidera y el vino seco molestando en la garganta a mitad de la noche, la luna se dibujaba en mi ventana con un contorno difuminado, era perfecto para un cigarrillo, acostado miraba el cielo y recordaba las experiencias vividas horas atrás, antes de llegar a casa y volver a la realidad agobiante de la soledad acompañada.
Ayer, la noche se desahogo regalándonos un hermoso cielo estrellado, que mejor para cremar las sonrisas falsas y los silencios innecesarios. Las cuerdas a dúo y las voces ya gastadas de tantas noches de verano acompañaban a un vino de bajo presupuesto y una que otra cerveza tibia. Un perro esquizofrénico que moría por unas caricias, de esas que por alguna extraña razón nos cuestan tanto entregar, el mar mordiendo la orilla y un abrazo de peces galácticos, también el frío y la brisa, una mezcla de trastornadas delicias bajo la luz de Venus.
Venus, que se ha ido lejos, pero aun esta presente, esa noche estaba allí con cierta nostalgia observándome en la anestesia. Mi cuerpo se volvía pesado y mis piernas lánguidas en el viaje a tus pensamientos, atravesando esa mirada, me golpeo en la nuca ese apuro a la miseria que no logras controlar y no pude evitar caer al suelo dramáticamente, derramar de un vaso la sangre de dios y apagar inconciente un cigarro en la arena húmeda, pero tu estabas ahí y eso me mantuvo contento.


Bienvenidos sean los que deseen seguir leyendo.

Ignacio Borowitzka.

No hay comentarios:

Publicar un comentario