sábado, 8 de enero de 2011

El pelaje del conejo.

De pie frente al armario y en ropa interior se encontraba la pequeña Leonor.
Embrollada y con la piel como puercoespín buscaba entre tanto aparataje sicalíptico alguna herramienta útil para librarse de la pesadilla. Por su mente se atravesaban a milisegundos las imágenes turbulentas de esa noche, algunas podrían incluso clasificarse como licenciosas. No vacilo más y continuo a un zamarreo de cabeza se armó con un plumero y se dio media vuelta. Frente a ella una silueta negra, como si fuera dibujada con tinta china, su mirada se perdía como un espejismo. “La aproximación lo descubre todo” recordaba cantar disonante al cristalino choque entre un Clavo Oxidado y un Stolishnaya un anciano marinero que murió tras una semana bebiendo en el sótano de un bar. ¿El anciano? Su padre. ¿Y Leonor? Se acercaba.

Leonor llama la atención de todos, y todos intentan llamar la atención de Leonor. Pero conocerla era casi un privilegio. Yo tuve la suerte, sin ser autocomplaciente, de ser el primero en asistir a ella. Solía cantar en el mismo bar al que acudía su padre y también muy a menudo recitar poesía. No era muy alta, pero si lucia unos centímetros mas que yo. Siempre justifique que era por sus tacos. Era de una belleza única, pues aunque su nariz chata y su labio leporino generaban cierto rechazo, el brillo de sus ojos era tan puro como el pelaje de un conejo… Casto.

Recuerdo claramente una noche especial, la última en que Leonor se subió al escenario que se encontraba en el sótano del bar, su padre aturdido miraba expectante a su hija. Su rostro era de un orgullo inmenso, pero atribuible también al deseo más insano que podrían imaginar. Las mesas cuchicheaban hasta que un arreglo vocal y de flemas obtuvo de inmediato la atención de los viejos camioneros, marinos y borrachos. Bastó con unas palabras para que todo el mundo cayera al deleite de la voz más armoniosa jamás escuchada en el acudido cuchitril. Era el barco ebrio, de Rimbaud. El bar se amordazo, a las cervezas se les fue el gas y los hielos se derritieron. Todos escuchaban a Leonor recitar.

-¡Y yo, barco perdido entre la cabellera de ensenadas, al éter echado por la racha, no merecí el remolque de anseáticas veleras ni de los monitores, nave de agua borracha!- Exclamó con impaciente emoción.

Cada cierto tiempo sus ojos se desviaban y se clavaban con los de su padre. Se sentía el fervor de la mirada, indescifrable odio apasionado. El viejo la miraba sin aire, sujetándose de la silla, como si los pulmones de su hija fueran a botarlo de su trono carcomido por las termitas. Ella se detuvo, tomo una bocanada de aire y cerro los ojos. Con paz contemporánea paseo las últimas palabras como humo de tabaco en todo el bar, como una niebla espesa que inundo el pestífero sótano, como polillas bailando alrededor de una ampolleta intermitente. ¡Así!, ¡Así mismo se deslizaron las últimas líneas! ¡Exactamente como les he dicho!... Leonor sonríe, el viejo se desploma y la gente aplaude.

Leonor no frecuento más el bar y no volvió a cantar, no tenía una relación fraternal con el viejo, más bien, el padre admiraba a la hija. Incluso se chismeaba en las mesas que el pobre anciano se encontraba tan verde con la pequeña que un día lo encontraron masturbándose en el baño de las cantinas observando una fotografía de ella.
Pero todos teníamos claro que algo extraño sucedió esa noche cuando el viejo murió, nadie tuvo la compasión siquiera de verificar si estaba muerto, era como si hubiéramos estado esperando su muerte desde hacia mucho tiempo. O más bien, como si Leonor lo hubiera matado.

No me explico que llevo a Leonor a esa silueta negra, armada con su plumero, destapando todo el polvo invernal y con la luz de la luna sobre su joven cuerpo. Pero como les digo, tuve la suerte de ser el primero en conocerla. A ella con sus ojos, como el pelaje de un conejo… de un ordinario y usual conejo.


Ignacio Borowitzka.

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