lunes, 10 de septiembre de 2012

La cabeza chueca.

No era un segundo más ni un segundo menos, la cabeza se encontraba perfectamente alineada con el cuerpo que, descuidadamente esculpido y encharcado en sudores de aspecto metálico, tal como una estatua, se mantenía firme sobre una base desconocida. Por ahora sólo sabía, pues de su tacto surgía aquel saber, que bajo sus pies…
- ...en ese ínfimo milímetro que define la existencia y la no-existencia… -  se escucha un murmullo suave, de una femineidad cuasi adolescente, que no logra agitar ni siquiera un instante al sujeto. No podría, sin embargo, afirmar si había sido escuchado.
…bajo sus pies…
- …En ese mínimo instante que jamás existe… Que se separa con elegancia microscópica y que aún existiendo… Aún existiendo dejaría de existir, pues es a lo que le llaman un imposible. – Vuelve a interrumpir la melodiosa voz.
El ambiente se vuelve a infestar de aquel silencio perturbador que sólo permite escuchar la presión del aire luchando por entrar en tus oídos. Ni siquiera el canto de un grillo o el sonido de la horquilla raspando con la tierra podían existir allí, o aun si alguna madre en su desesperación hubiese dejado a la suerte en ese lugar a un pequeño recién nacido, él no lloraría. No lo haría porque sabría que no escucharía nada, él ni nadie, ni sonido saldría. Tendría la boca abierta, sus cuerdas vocales vibrarían, sentiría el esfuerzo sobrehumano y el dolor, jamás acogedor, en su cuerpo. Comenzaría a asfixiarse en su propio llanto y podríamos disfrutar de un bulto orgánico de apariencia coagulada revolcándose sobre el áspero suelo, muriendo no muchas horas después a falta de un consuelo imposible. Imposible como el mismo milímetro que separa al pequeño del melancólico cemento… Y eso era lo que sabía, que el suelo era áspero cual cemento.
Un crujido óseo irrumpe el mutismo irrompible. La cabeza, que antes se encontraba alineada perfectamente en su centro, había caído levemente hacía la derecha si la mirabas de frente, a la izquierda si la mirabas de espalda. Caía como si le hubiese entrado una duda, cual duda le entraba a la cabeza, ésta caía de costado como las agujas del reloj, con estridencia espeluznante y con los ojos abiertos.
Ellos – los ojos – no tenían pupila, ni tampoco eran blancos; eran amarillos como un diente nicotínico, amarillo mostaza, amarillo pus, amarillo grasa. Sin embargo, pareciese que miraran todo, aún perdidos en la aparente nada, lo conocían todo pues no veían en absoluto nada.
No era un segundo más ni un segundo menos. La cabeza ya no se encontraba perfectamente alineada al resto de su figura, caía de costado embobándose en preguntas imposibles. El tiempo se había detenido. Firme se clavaba en el desabrido suelo aquel sujeto grisáceo, borroso como un boceto en carboncillo, húmedo en su totalidad, libre de ropajes que lo protegieran contra un frío inexistente, aunque el calor fuera improbable. Como si hubiese encontrado la respuesta a sus preguntas, cual sus respuestas fueran preguntas aún más imposibles, la cabeza vuelve a caer abriendo más los ojos.
- Pero aquí estoy yo, no temas en seguir mirando… - Vuelve a irrumpir aquella vocecilla que en cada tono revelaba una inocencia epidérmica.
Es que resultaba inimaginable que en aquel lugar pudiese encontrarse algún vestigio de pureza. La inocencia en su más puro estado no exigía lírica, no podía ser poética, ni menos académica. La inocencia en su estado natural carece de humanidad, es un…
-… Imposible – Complementa aquel susurro acogedor, dulce como una cucharada de mermelada de mosqueta.
Ya no parecían sólo dudas las que entraban en su mente, su rostro se atiborraba de una perplejidad indescriptible, sus ojos enfermos se abrían hasta rasgar la piel que rodeaba los mismos, no obstante carecía de llagas o dolor, aquel cutis estaba tan seco que pareciese que debajo de él se encontrase otra piel, como en las serpientes.
Desde las sombras, el desamparado ser antropomórfico logró ver algo más allá de la oscuridad: Unos suaves zapatos de piel guardaban en su inicio unas medias blancas que subían tensas hasta sobre unas rodillas carnosas, descubriendo un fragmento de muslo que de inmediato se escondía tras un pantaloncillo corto de jeans. A medida que el sujeto levantaba cauteloso la vista notó que se trataba de un vestido de una sola pieza, una jardinera. Sin embargo él no conocía las ropas, él no sabía que era lo que tenía en frente suyo. Para él no era siquiera una cosa.
Bajo la jardinera una polera de un rojo pimentón, ajustada, de manga corta y con sutil escote dejaba al descubierto unos brazos delgados y un pecho plano, de piel blanca y brillante, tanto como el azúcar. Un castaño pelo rizado hasta los hombros se mecía grácil con cada paso que la jovencita daba acercándose a un indescifrable desenlace.
De un momento a otro dejó de saberlo todo, pues en absoluto la nada ya no existía. Ahora tenía frente a él una borrosa figura que se acercaba paciente, que inundaba su único y limitado espacio, tenía frente a sí la negación de su propia lógica.
Y no era un segundo más ni un segundo menos, el tiempo aún estaba obsoleto. La cabeza, sin darse cuenta había caído de costado por lo menos seis veces en todo ese momento, había caído tanto que ya se estaba levantando. Había girado. Se encontraba sin respuestas y sin preguntas, que a fin de cuentas jamás existieron; la cabeza no tenía la capacidad ni el conocimiento como para pensar siquiera en ello. El polo de su mentón, que suponía estar abajo, se encontraba casi alineándose nuevamente con su cuerpo. Se encontraba alineándose con su cuerpo pero esta vez hacia arriba, en el sentido de las agujas del reloj. Se dieron las doce en un último crujido: La cabeza estaba chueca.

El áspero hombre, que se mimetizaba de una forma casi perfecta entre el concreto y la oscuridad, sentía que corrían en sus venas hormigas ardiendo en fuego a una velocidad solo posible a través de la estimulación de los impulsos más exactos. Se mantenía inmóvil mirando de cabeza y encontrándose de pie, aquel hormigueo saturado había superado cualquier arrastre nervioso, le tenía atado, clavado y enterrado en el piso. Sintió entonces como la planta de sus pies comenzaba a desgarrarse, sintió como los nervios comenzaban a taladrar el hormigón en un intento de escapar de esa cárcel de sensaciones y así como sus terminaciones nerviosas mutaban bajo la tierra también se escapó su instinto, su naturaleza; tomó entre sus manos escamosas con una desmedida torpeza el rostro de aquella muchacha. Cayeron trozos de piel resecos de sus brazos. Las pupilas de la jovencita se perdían en la mirada muerta de aquel ser, se vieron absorbidas lentamente por una curiosidad infantil mientras el sujeto intentaba mover la boca soltando un polvo cristalino que no resultaba ser sino sus propios dientes pulverizados.
Intentó comunicarse, emitir algún sonido pero su lengua se partió en pedazos acabando éstos en el rostro de la niña. Ella se encontraba presa de su destino, en una lucha absurda contra la curiosidad. Los pequeños trozos de la extremidad bucal de aquella abominación fueron empujados por los delicados dedos de la pequeña hasta su boca que esperaba abierta y ansiosa sentir el insípido sabor de la piel ajena, encontrándose con un amargo que no le pareció en lo absoluto agradable. Apretó los ojos y se concentró en tragar con calma la generosa cantidad de piedra que guardaba en su boca con un resultado exitoso. Al terminar su prolongado pestañeo, el monstruo ya no estaba frente a ella sino que prácticamente encima, con semejante expresión de pánico inmenso, con el hocico abierto, rajado de oreja a oreja y permitiendo una vista peculiar; una garganta húmeda y viscosa que palpitaba al ritmo de una agitada respiración era el centro final de un túnel oscuro de tumbas blancas que se esparcían deformes dentro del cilíndrico panorama bucal. Así también los párpados se habían vistos afectados por la impulsiva emoción desesperada que obligaba al sujeto reaccionar instintivamente frente a la extraña presencia; de tanto abrirse, habían dejado caer uno de los ojos en el escote de la muchacha provocándole un escalofrío que la remeció con espanto. Mordió el lado izquierdo de la cabeza de la niña, fijando su único ojo en todo el rostro de la honesta, abriéndolo aún más, absorbiendo sus pupilas hasta hacerlas desaparecer. La cabeza chueca se movía de un lado a otro intentando saborear la dulzura y la inocencia, encontrándose también con un sabor amargo, tampoco agradable.
Viéndose en esta situación, la frágil hembra sólo pudo responder de la misma forma. Mientras las encías y la lengua del animal saboreaban su cráneo, acercó sus labios al ojo que se mantenía dilatado y borroso frente a ella y lo besó con ternura. Éste no parpadeó, pero se inundó enseguida de una mucosidad amarillenta que comenzó a brotar y resbalar por su frente, acto seguido la niña se desploma - tras la pausa en la presión que ejercía la mandíbula del ser en su cabeza -  muerta sobre el suelo.

- ¡Criaturas de la oscuridad! ¡Seres condenados a la soledad! – Ahogó un grito la bestia mientras se arrodillaba frente al cadáver dejando caer trozos de su cuerpo al compás de su propia cinética. Eran las palabras de la joven que había traspasado su misericordia a la criatura despojada de cualquier cualidad humana. Un rayo de conocimientos sumergió en el pantano de su nueva conciencia la parcial universalidad que puede guardarse en la memoria de la frágil adolescencia. Su cuerpo de inmediato se revitalizó junto a su sed cognitiva. Levantó un rostro de piel viva y miró hacía adelante. Encontrose con un túnel oscuro que velozmente se convertía en paisaje, en cielo, tonalidades de verdes intensos y opacos, en vida, en ruidos extravagantes, aromas con sabor, en sonidos libidinosos.
No tardó mucho en encontrarse sobre pasto verde y creyó, incluso, disfrutar el paseo de la libélula, que a simple vista parece destruir las barreras del tiempo con su engañoso vuelo de teletransporte.
Miró a todos lados y se sintió miserable, deseó volver a perderlo todo y encerrarse en su mundo condenado a la indiferencia. Soltó un último llanto amarillo antes de levantarse con fisgona facilidad y se mantuvo de pie mirando las nubes que pasaban frente a él, a los pájaros que revoloteaban frente a la lamentable escena con sus cantos satíricos, con los autos pasando a ambos costados por las calles que bordeaban el parque en el que se encontraba ahora, lamentando de forma eterna su suerte, resignándose a la razón.


Ignacio Borowitzka.

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