No era un segundo más ni un segundo menos, la
cabeza se encontraba perfectamente alineada con el cuerpo que, descuidadamente
esculpido y encharcado en sudores de aspecto metálico, tal como una estatua, se
mantenía firme sobre una base desconocida. Por ahora sólo sabía, pues de su
tacto surgía aquel saber, que bajo sus pies…
- ...en ese ínfimo milímetro que define la
existencia y la no-existencia… - se
escucha un murmullo suave, de una femineidad cuasi adolescente, que no logra
agitar ni siquiera un instante al sujeto. No podría, sin embargo, afirmar si
había sido escuchado.
…bajo sus pies…
- …En ese mínimo instante que jamás
existe… Que se separa con elegancia microscópica y que aún existiendo… Aún
existiendo dejaría de existir, pues es a lo que le llaman un imposible. – Vuelve
a interrumpir la melodiosa voz.
El ambiente se vuelve a infestar de aquel silencio perturbador que sólo permite
escuchar la presión del aire luchando por entrar en tus oídos. Ni siquiera el
canto de un grillo o el sonido de la horquilla raspando con la tierra podían
existir allí, o aun si alguna madre en su desesperación hubiese dejado a la
suerte en ese lugar a un pequeño recién nacido, él no lloraría. No lo haría
porque sabría que no escucharía nada, él ni nadie, ni sonido saldría. Tendría
la boca abierta, sus cuerdas vocales vibrarían, sentiría el esfuerzo
sobrehumano y el dolor, jamás acogedor, en su cuerpo. Comenzaría a asfixiarse
en su propio llanto y podríamos disfrutar de un bulto orgánico de apariencia
coagulada revolcándose sobre el áspero suelo, muriendo no muchas horas después
a falta de un consuelo imposible. Imposible como el mismo milímetro que separa
al pequeño del melancólico cemento… Y eso era lo que sabía, que el suelo era
áspero cual cemento.
Un crujido óseo irrumpe el mutismo irrompible. La cabeza, que antes se
encontraba alineada perfectamente en su centro, había caído levemente hacía la
derecha si la mirabas de frente, a la izquierda si la mirabas de espalda. Caía
como si le hubiese entrado una duda, cual duda le entraba a la cabeza, ésta
caía de costado como las agujas del reloj, con estridencia espeluznante y con
los ojos abiertos.
Ellos – los ojos – no tenían pupila, ni tampoco eran blancos; eran amarillos
como un diente nicotínico, amarillo mostaza, amarillo pus, amarillo grasa. Sin
embargo, pareciese que miraran todo, aún perdidos en la aparente nada, lo conocían todo pues no veían en
absoluto nada.
No era un segundo más ni un segundo menos. La cabeza ya no se encontraba
perfectamente alineada al resto de su figura, caía de costado embobándose en
preguntas imposibles. El tiempo se había detenido. Firme se clavaba en el
desabrido suelo aquel sujeto grisáceo, borroso como un boceto en carboncillo,
húmedo en su totalidad, libre de ropajes que lo protegieran contra un frío
inexistente, aunque el calor fuera improbable. Como si hubiese encontrado la
respuesta a sus preguntas, cual sus respuestas fueran preguntas aún más
imposibles, la cabeza vuelve a caer abriendo más los ojos.
- Pero aquí estoy yo, no temas en seguir
mirando… - Vuelve a irrumpir aquella vocecilla que en cada tono revelaba
una inocencia epidérmica.
Es que resultaba inimaginable que en aquel lugar pudiese encontrarse algún
vestigio de pureza. La inocencia en su más puro estado no exigía lírica, no
podía ser poética, ni menos académica. La inocencia en su estado natural carece
de humanidad, es un…
-… Imposible – Complementa aquel
susurro acogedor, dulce como una cucharada de mermelada de mosqueta.
Ya no parecían sólo dudas las que entraban en su mente, su rostro se atiborraba
de una perplejidad indescriptible, sus ojos enfermos se abrían hasta rasgar la
piel que rodeaba los mismos, no obstante carecía de llagas o dolor, aquel cutis
estaba tan seco que pareciese que debajo de él se encontrase otra piel, como en
las serpientes.
Desde las sombras, el desamparado ser antropomórfico logró ver algo más allá de
la oscuridad: Unos suaves zapatos de piel guardaban en su inicio unas medias
blancas que subían tensas hasta sobre unas rodillas carnosas, descubriendo un
fragmento de muslo que de inmediato se escondía tras un pantaloncillo corto de
jeans. A medida que el sujeto levantaba cauteloso la vista notó que se trataba
de un vestido de una sola pieza, una jardinera. Sin embargo él no conocía las
ropas, él no sabía que era lo que tenía en frente suyo. Para él no era siquiera
una cosa.
Bajo la jardinera una polera de un rojo pimentón, ajustada, de manga corta y
con sutil escote dejaba al descubierto unos brazos delgados y un pecho plano,
de piel blanca y brillante, tanto como el azúcar. Un castaño pelo rizado hasta
los hombros se mecía grácil con cada paso que la jovencita daba acercándose a
un indescifrable desenlace.
De un momento a otro dejó de saberlo todo, pues en absoluto la nada ya no existía.
Ahora tenía frente a él una borrosa figura que se acercaba paciente, que
inundaba su único y limitado espacio, tenía frente a sí la negación de su
propia lógica.
Y no era un segundo más ni un segundo menos, el tiempo aún estaba obsoleto. La
cabeza, sin darse cuenta había caído de costado por lo menos seis veces en todo
ese momento, había caído tanto que ya se estaba levantando. Había girado. Se
encontraba sin respuestas y sin preguntas, que a fin de cuentas jamás
existieron; la cabeza no tenía la capacidad ni el conocimiento como para pensar
siquiera en ello. El polo de su mentón, que suponía estar abajo, se encontraba
casi alineándose nuevamente con su cuerpo. Se encontraba alineándose con su
cuerpo pero esta vez hacia arriba, en el sentido de las agujas del reloj. Se
dieron las doce en un último crujido: La cabeza estaba chueca.
El áspero hombre, que se mimetizaba de una forma casi perfecta entre el
concreto y la oscuridad, sentía que corrían en sus venas hormigas ardiendo en
fuego a una velocidad solo posible a través de la estimulación de los impulsos
más exactos. Se mantenía inmóvil mirando de cabeza y encontrándose de pie,
aquel hormigueo saturado había superado cualquier arrastre nervioso, le tenía
atado, clavado y enterrado en el piso. Sintió entonces como la planta de sus
pies comenzaba a desgarrarse, sintió como los nervios comenzaban a taladrar el
hormigón en un intento de escapar de esa cárcel de sensaciones y así como sus
terminaciones nerviosas mutaban bajo la tierra también se escapó su instinto,
su naturaleza; tomó entre sus manos escamosas con una desmedida torpeza el
rostro de aquella muchacha. Cayeron trozos de piel resecos de sus brazos. Las
pupilas de la jovencita se perdían en la mirada muerta de aquel ser, se vieron
absorbidas lentamente por una curiosidad infantil mientras el sujeto intentaba
mover la boca soltando un polvo cristalino que no resultaba ser sino sus
propios dientes pulverizados.
Intentó comunicarse, emitir algún sonido pero su lengua se partió en pedazos
acabando éstos en el rostro de la niña. Ella se encontraba presa de su destino,
en una lucha absurda contra la curiosidad. Los pequeños trozos de la extremidad
bucal de aquella abominación fueron empujados por los delicados dedos de la
pequeña hasta su boca que esperaba abierta y ansiosa sentir el insípido sabor
de la piel ajena, encontrándose con un amargo que no le pareció en lo absoluto agradable.
Apretó los ojos y se concentró en tragar con calma la generosa cantidad de
piedra que guardaba en su boca con un resultado exitoso. Al terminar su
prolongado pestañeo, el monstruo ya no estaba frente a ella sino que
prácticamente encima, con semejante expresión de pánico inmenso, con el hocico
abierto, rajado de oreja a oreja y permitiendo una vista peculiar; una garganta
húmeda y viscosa que palpitaba al ritmo de una agitada respiración era el
centro final de un túnel oscuro de tumbas blancas que se esparcían deformes
dentro del cilíndrico panorama bucal. Así también los párpados se habían vistos
afectados por la impulsiva emoción desesperada que obligaba al sujeto
reaccionar instintivamente frente a la extraña presencia; de tanto abrirse,
habían dejado caer uno de los ojos en el escote de la muchacha provocándole un
escalofrío que la remeció con espanto. Mordió el lado izquierdo de la cabeza de
la niña, fijando su único ojo en todo el rostro de la honesta, abriéndolo aún
más, absorbiendo sus pupilas hasta hacerlas desaparecer. La cabeza chueca se
movía de un lado a otro intentando saborear la dulzura y la inocencia, encontrándose
también con un sabor amargo, tampoco agradable.
Viéndose en esta situación, la frágil hembra sólo pudo responder de la misma
forma. Mientras las encías y la lengua del animal saboreaban su cráneo, acercó
sus labios al ojo que se mantenía dilatado y borroso frente a ella y lo besó
con ternura. Éste no parpadeó, pero se inundó enseguida de una mucosidad
amarillenta que comenzó a brotar y resbalar por su frente, acto seguido la niña
se desploma - tras la pausa en la presión que ejercía la mandíbula del ser en su
cabeza - muerta sobre el suelo.
- ¡Criaturas de la oscuridad! ¡Seres
condenados a la soledad! – Ahogó un grito la bestia mientras se arrodillaba
frente al cadáver dejando caer trozos de su cuerpo al compás de su propia
cinética. Eran las palabras de la joven que había traspasado su misericordia a
la criatura despojada de cualquier cualidad humana. Un rayo de conocimientos sumergió
en el pantano de su nueva conciencia la parcial universalidad que puede
guardarse en la memoria de la frágil adolescencia. Su cuerpo de inmediato se
revitalizó junto a su sed cognitiva. Levantó un rostro de piel viva y miró
hacía adelante. Encontrose con un túnel oscuro que velozmente se convertía en
paisaje, en cielo, tonalidades de verdes intensos y opacos, en vida, en ruidos
extravagantes, aromas con sabor, en sonidos libidinosos.
No tardó mucho en encontrarse sobre pasto verde y creyó, incluso, disfrutar el
paseo de la libélula, que a simple vista parece destruir las barreras del
tiempo con su engañoso vuelo de teletransporte.
Miró a todos lados y se sintió miserable, deseó volver a perderlo todo y encerrarse
en su mundo condenado a la indiferencia. Soltó un último llanto amarillo antes
de levantarse con fisgona facilidad y se mantuvo de pie mirando las nubes que pasaban
frente a él, a los pájaros que revoloteaban frente a la lamentable escena con
sus cantos satíricos, con los autos pasando a ambos costados por las calles que
bordeaban el parque en el que se encontraba ahora, lamentando de forma eterna
su suerte, resignándose a la razón.
Ignacio Borowitzka.
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