viernes, 30 de septiembre de 2011

El desespero

Es constante, hasta el más lánguido dejo de su historia
se ha hecho presente en nosotros
y aunque no lo quiero aceptar, entiendo que poco a poco
me convierto en uno de ellos.

Y ha sido fácil para el sobrevivir frente a la injusta vida
que trasciende mas allá de lo imaginable
no sería el único en esta tierra,
estamos rodeados de inútiles carroñas, queridos carroñeros.

Pero de todos los males que hoy me traen hasta aquí
¿Cuál podría ser el que me haga pensar que esto no es algo peligroso?
Ninguno.

Sometido a la culpabilidad más brutal que existe en esta tierra,
es precisamente la sociedad la que hoy le condena.
Y no la gente, no los ricos, no son las deudas ni el juego
Tampoco su ex mujer, ni sus amantes, es la más brutal de todas las culpas...
pero vamos,
vamos por partes.

Lo he invitado a una fiesta y estaremos los dos solos
y aunque en este salón desborde la gente,
por las ventanas, por el piso,
seguiremos solos.

Pues es así como nos hemos criado,
desde pequeños, todos nosotros,
¡Inclúyase querido lector!
Hemos sido condenados a la soledad.

Se que podría morir en este intento suicida
o ahogarme en mis propias mentiras,
creo firmemente que mi realidad no esta del todo sujeta con mi verdad,
ni con la suya

Pues no es por el que estoy aquí,
aunque alguna vez quise creer eso,
estoy por que entre tantos abrazos, tantos besos y no lo dejaremos de lado,
si es tan real, también el sexo.

Entre tanto alcohol y tantas drogas,
entre tanto atrayente morbo,
entre tanta bohemia y desenfreno
no he sido capaz de encontrarme a mi y por eso temo.

Temo porque el individualismo nos condena
y aunque veo tanta hambre y tanta miseria,
aunque puedo empatizar con todo el dolor que existe en esta tierra,
me es absurdo creer que puedo sostener la mano de alguien
si incluso el aire se me escapa a cada instante

¿Acaso usted ha hecho algo por todo esto?
Su crueldad es infame y vulgar…
Pero nuevamente, me excito demasiado
con calma, no dejemos de lado el tema.

A esta fiesta quiero que el asista desnudo
quiero ver su cuerpo y sus yagas
para comprobar si sus heridas aun no han sanado
entender el porque se toma todo sin apuro

Deseo conversar junto a el
beber café de forma pareja
y en una partida de ajedrez, siendo yo un amateur
expresarle mis congojas y mis quejas

Quiero sostener su mano fría
sentir si acaso su carne aún está viva
entender por qué nos ha dejado
por qué jamás, ¡carajo!,
nunca estuvo a nuestro lado

Y si se puede al final de la juerga
atravesarle un puñal en el pecho
revisar por dentro, tendones, huesos
carne y corazón

Deseo con todo fervor que sea sangre,
por favor, lo que brote de su alma
y no esa luz que nunca ha tenido calma
esa a la que temo pero jamás tendremos…

Pero es probable y casi exacto
que el no asista esa bella noche
y que todo lo que le he pedido en vida
no sean mas que autorreproches

Es casi obvio que no podré matarlo
pues en la guerra contra mi estoy limitado
de acciones y sentimientos
Mi cabeza esta en un golpe de estado

Y no quiero culparlo a el de todo esto
aunque su peso en mi espalda se haga intenso
y la sangre en mis venas ya no salga a flote
como hoy no quiero morir, me enveneno.

Por último deseo contarles,
que ayer una bruja tocó a mi puerta
me llamó esclavo y prisionero
y me entregó una llave

Con su índice me señaló un camino
uno oscuro, sin nadie, vacío
se acerco a mi oído y susurro profundamente
“Sin apuros hijo, ese es tu destino”

Estupefacto quede mirando al infinito
y pensé en todo lo antes dicho
una y otra vez, repase mis errores
y entendí que mis problemas no eran en su totalidad devastadores

Creo que aun puedo creer en las causas
proteger mis ideales y afrontar mi desenfreno
no es necesario entenderse, no es correcto
vivo y muero, ahí está, ¡Exacto!
es un hecho.

Entonces, volveré a cercar toda mi realidad,
Volveré a creer en mi pasado y en lo que era antes.
Mirare a aquel lado que solamente yo conozco,
el sucio.

Y observando todo esto es la verdad
la que estalla frente a mi, intransigente.
Vuelven mis ojos a mi nuevo sendero,
vacío.

¡Están ahí! Pero no las ves
¿Son aquellas las verdades que no pretendo entender?
¿O acaso son ellas las que no quieren ceder conmigo?

Pero existe algo de lo cual no puedo escapar
y golpea mis sienes cada vez que intento brillar nuevamente;
gota a gota me muero, es mi propia decadencia,
y no la de lo s demás, la que me hunde y me empuja
a un infinito desespero.

Y le doy gracias a el, por todas las preguntas
pues han sido siempre mis dudas
las que han llegado a convertirme en
una imperfecta consistencia,
orgullosamente impura.



Ignacio Borowitzka.

martes, 21 de junio de 2011

Accidente, Occidente, etcétera...

He soñado con funerales de gente desconocida, manifestaciones iconoclastas, hipocresía, idolatrías exageradas, delectaciones voyeuristas. He soñado con un cielo cayendo a plomo contra mí y con sabios que aseguran la verdad. ¿La verdad? ¡Y yo cada día al despertar no recuerdo nada! Mi última carta: Desprenderme de lo occidental a una vida oníricabsoluta. De momento continúo envenenándome, soy el hombre de Vitruvio.

domingo, 19 de junio de 2011

Consecuencia.

-El anciano de la mesa siete, te aseguro que no ha parado de toser en toda la semana- Comentó el joven con desdén mientras sorbeteaba insoportablemente una taza de café ya fría.
No es que a al joven le molestara todo esto, seguramente le era incomodo tener que lidiar con cualquiera que intentara suplantar su característico puesto de “hinchapelotas”, que por derecho crónico, le había pertenecido durante un par de meses.
-¿Sabes algo? Ese anciano ha llegado el jueves pasado y al parecer con gripe porcina. No me explico como a un octogenario verrugón se le ocurre hacer tan intolerante presencia en un café del siglo veintiuno-
-¿Acaso no son públicos?- Reparó su compañero de mesa
-¿Público? La vida misma es pública amigo mío, tu presencia en la fila del almuerzo, en los baños, las palabras que dices, todo es público… y el humo de tu cigarro también lo es ¡Apaga esa porquería!
-En recreo nos dejan fumar, no veo el porque apagarlo-
El joven se levanta e intenta quitarle el cigarro en una maniobra lo suficientemente tosca como para derramar el poco café que aun quedaba sobre el regazo de su compañero.
-¡Mira lo que has hecho Gabriel!- Exclamó su compañero levantándose de un salto.
Las miradas del salón, muertas, se clavaron en la entrepierna del compañero de mesa, seguramente era el acontecimiento más interesante del día. La gente volvió las miradas a su grupo para cerciorar lo que habían acabado de ver. Gabriel volvió a tomar asiento.
-Eso te pasa por estar fumando- Agregó el joven llevándose la cucharilla a la boca simulando un cigarrillo.
¿Qué tiene que ver el cigarro? ¡Este lugar es público y tu estas loco!- Grita el compañero, colérico y rojo de vergüenza e ira.
Gabriel se lleva el puño a la boca para toser delicadamente.
-A esto se le llama consecuencia-
-¡Consecuencia sería el cáncer Gabriel, no que tu derrames un café!-
-Eso es una consecuencia biológica-
-¿A que nos lleva esto? ¡Tú derramaste el café y yo salí afectado! ¿Qué tiene que ver en esto el maldito cigarro?-
-Pregúntaselo tu-
El compañero de mesa mira su cigarrillo aun encendido en la baldosa solo para darse cuenta que había caído nuevamente en otra de las mordaces bromas de Gabriel. No quiso explicarle que los cigarros no hablaban, eso habría afectado más aun su dignidad. Entonces tomo unas servilletas y mientras se secaba el rabo con agresividad se dirigió a la mesa del anciano que aún no paraba de toser. La gente seguía la escena con la mirada anestesiada.
-¡No es el cigarro Gabriel!- Gritó nuevamente el compañero de mesa
-¿Qué piensas hacer Juan?- Preguntó Gabriel emocionado con la escena.
-Voy a cambiar mi destino-
Acto seguido pisó el pie del viejo con tal fuerza que de un grito comenzó a toser compulsivamente sangre y flemas, amuñó las servilletas y las deposito en su boca como si fuera un tacho de basura, sacó de su bolsillo un cigarro magullado y lo encendió con un fósforo.
Pensaba que había ganado la disputa, que había sido mas astuto que Gabriel y que con esto se iba a ganar el respeto de todos los enfermos. De un momento a otro las cosas dieron un vuelco atroz, entraron los enfermeros de seguridad y sujetaron a Juan de los hombros, Gabriel mientras tanto sonreía viendo como se llevaban a su compañero antes de que terminara el recreo… y Juan gritaba: ¡Ahora es consecuencia del anciano y tú estas loco!

Ignacio Borowitzka.

sábado, 8 de enero de 2011

El pelaje del conejo.

De pie frente al armario y en ropa interior se encontraba la pequeña Leonor.
Embrollada y con la piel como puercoespín buscaba entre tanto aparataje sicalíptico alguna herramienta útil para librarse de la pesadilla. Por su mente se atravesaban a milisegundos las imágenes turbulentas de esa noche, algunas podrían incluso clasificarse como licenciosas. No vacilo más y continuo a un zamarreo de cabeza se armó con un plumero y se dio media vuelta. Frente a ella una silueta negra, como si fuera dibujada con tinta china, su mirada se perdía como un espejismo. “La aproximación lo descubre todo” recordaba cantar disonante al cristalino choque entre un Clavo Oxidado y un Stolishnaya un anciano marinero que murió tras una semana bebiendo en el sótano de un bar. ¿El anciano? Su padre. ¿Y Leonor? Se acercaba.

Leonor llama la atención de todos, y todos intentan llamar la atención de Leonor. Pero conocerla era casi un privilegio. Yo tuve la suerte, sin ser autocomplaciente, de ser el primero en asistir a ella. Solía cantar en el mismo bar al que acudía su padre y también muy a menudo recitar poesía. No era muy alta, pero si lucia unos centímetros mas que yo. Siempre justifique que era por sus tacos. Era de una belleza única, pues aunque su nariz chata y su labio leporino generaban cierto rechazo, el brillo de sus ojos era tan puro como el pelaje de un conejo… Casto.

Recuerdo claramente una noche especial, la última en que Leonor se subió al escenario que se encontraba en el sótano del bar, su padre aturdido miraba expectante a su hija. Su rostro era de un orgullo inmenso, pero atribuible también al deseo más insano que podrían imaginar. Las mesas cuchicheaban hasta que un arreglo vocal y de flemas obtuvo de inmediato la atención de los viejos camioneros, marinos y borrachos. Bastó con unas palabras para que todo el mundo cayera al deleite de la voz más armoniosa jamás escuchada en el acudido cuchitril. Era el barco ebrio, de Rimbaud. El bar se amordazo, a las cervezas se les fue el gas y los hielos se derritieron. Todos escuchaban a Leonor recitar.

-¡Y yo, barco perdido entre la cabellera de ensenadas, al éter echado por la racha, no merecí el remolque de anseáticas veleras ni de los monitores, nave de agua borracha!- Exclamó con impaciente emoción.

Cada cierto tiempo sus ojos se desviaban y se clavaban con los de su padre. Se sentía el fervor de la mirada, indescifrable odio apasionado. El viejo la miraba sin aire, sujetándose de la silla, como si los pulmones de su hija fueran a botarlo de su trono carcomido por las termitas. Ella se detuvo, tomo una bocanada de aire y cerro los ojos. Con paz contemporánea paseo las últimas palabras como humo de tabaco en todo el bar, como una niebla espesa que inundo el pestífero sótano, como polillas bailando alrededor de una ampolleta intermitente. ¡Así!, ¡Así mismo se deslizaron las últimas líneas! ¡Exactamente como les he dicho!... Leonor sonríe, el viejo se desploma y la gente aplaude.

Leonor no frecuento más el bar y no volvió a cantar, no tenía una relación fraternal con el viejo, más bien, el padre admiraba a la hija. Incluso se chismeaba en las mesas que el pobre anciano se encontraba tan verde con la pequeña que un día lo encontraron masturbándose en el baño de las cantinas observando una fotografía de ella.
Pero todos teníamos claro que algo extraño sucedió esa noche cuando el viejo murió, nadie tuvo la compasión siquiera de verificar si estaba muerto, era como si hubiéramos estado esperando su muerte desde hacia mucho tiempo. O más bien, como si Leonor lo hubiera matado.

No me explico que llevo a Leonor a esa silueta negra, armada con su plumero, destapando todo el polvo invernal y con la luz de la luna sobre su joven cuerpo. Pero como les digo, tuve la suerte de ser el primero en conocerla. A ella con sus ojos, como el pelaje de un conejo… de un ordinario y usual conejo.


Ignacio Borowitzka.