La mezcla perfecta.
Produjo en momentos tu cuerpo los más fieles sentimientos de razón,
cubrieron las raíces de tu cielo en mí la dicha y la agonía,
neutralizaron tus besos el peligro de las palabras,
de la dañina coherencia.
Por meses fui de tu cuerpo un ilustrado, erudito de tus miradas,
el sabio de tus amenidades, el ladrón de tu flor.
Fui de tu tacto un esclavo, un naufragio en tu cuerpo,
la calma y la exaltación, de tu fondo hasta la superficie.
Embriagamos la carne con placer incontenible,
bebimos de la vertiente férvida del pecado,
mordimos la fruta prohibida, osamos a cerrar los ojos frente al fuego,
azotamos el tiempo contra la pared de la irreverencia,
esparcimos la tinta sobre un lienzo de piel y escribiendo en esta,
la formula de una receta perfecta, nos miramos en un beso.
Y así nuestra figura se convirtió
en el universo de nuestros deseos,
en la infinita marea de la posesión,
en una realidad subjetiva, en un color imposible,
que se extiende desde las más altas cumbres del goce,
hasta el agitado suplicio de la compañía.
Ignacio Borowitzka.
Produjo en momentos tu cuerpo los más fieles sentimientos de razón,
cubrieron las raíces de tu cielo en mí la dicha y la agonía,
neutralizaron tus besos el peligro de las palabras,
de la dañina coherencia.
Por meses fui de tu cuerpo un ilustrado, erudito de tus miradas,
el sabio de tus amenidades, el ladrón de tu flor.
Fui de tu tacto un esclavo, un naufragio en tu cuerpo,
la calma y la exaltación, de tu fondo hasta la superficie.
Embriagamos la carne con placer incontenible,
bebimos de la vertiente férvida del pecado,
mordimos la fruta prohibida, osamos a cerrar los ojos frente al fuego,
azotamos el tiempo contra la pared de la irreverencia,
esparcimos la tinta sobre un lienzo de piel y escribiendo en esta,
la formula de una receta perfecta, nos miramos en un beso.
Y así nuestra figura se convirtió
en el universo de nuestros deseos,
en la infinita marea de la posesión,
en una realidad subjetiva, en un color imposible,
que se extiende desde las más altas cumbres del goce,
hasta el agitado suplicio de la compañía.
Ignacio Borowitzka.
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