Al no poder estirar mi mano hacia el cielo
para sentirme dios tapando el sol (como acostumbro hacerlo)
me creí insignificante, pero no menor.
Grite para que alguien me escuchara
pero a pesar de ser un día soleado de verano
no había alma alguna en ese lugar,
todos disfrutaban su lujosa compañía.
Devolví mi vista el cielo, y con un guiño al sol
nuevamente me sentí dios.
Ignacio Borowitzka.
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