miércoles, 8 de septiembre de 2010

Soledad Acompañada II

Al no poder estirar mi mano hacia el cielo
para sentirme dios tapando el sol (como acostumbro hacerlo)
me creí insignificante, pero no menor.
Grite para que alguien me escuchara
pero a pesar de ser un día soleado de verano
no había alma alguna en ese lugar,
todos disfrutaban su lujosa compañía.
Devolví mi vista el cielo, y con un guiño al sol
nuevamente me sentí dios.

Ignacio Borowitzka.

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