No era un segundo más ni un segundo menos, la
cabeza se encontraba perfectamente alineada con el cuerpo que, descuidadamente
esculpido y encharcado en sudores de aspecto metálico, tal como una estatua, se
mantenía firme sobre una base desconocida. Por ahora sólo sabía, pues de su
tacto surgía aquel saber, que bajo sus pies…
- ...en ese ínfimo milímetro que define la
existencia y la no-existencia… - se
escucha un murmullo suave, de una femineidad cuasi adolescente, que no logra
agitar ni siquiera un instante al sujeto. No podría, sin embargo, afirmar si
había sido escuchado.
…bajo sus pies…
- …En ese mínimo instante que jamás
existe… Que se separa con elegancia microscópica y que aún existiendo… Aún
existiendo dejaría de existir, pues es a lo que le llaman un imposible. – Vuelve
a interrumpir la melodiosa voz.
El ambiente se vuelve a infestar de aquel silencio perturbador que sólo permite
escuchar la presión del aire luchando por entrar en tus oídos. Ni siquiera el
canto de un grillo o el sonido de la horquilla raspando con la tierra podían
existir allí, o aun si alguna madre en su desesperación hubiese dejado a la
suerte en ese lugar a un pequeño recién nacido, él no lloraría. No lo haría
porque sabría que no escucharía nada, él ni nadie, ni sonido saldría. Tendría
la boca abierta, sus cuerdas vocales vibrarían, sentiría el esfuerzo
sobrehumano y el dolor, jamás acogedor, en su cuerpo. Comenzaría a asfixiarse
en su propio llanto y podríamos disfrutar de un bulto orgánico de apariencia
coagulada revolcándose sobre el áspero suelo, muriendo no muchas horas después
a falta de un consuelo imposible. Imposible como el mismo milímetro que separa
al pequeño del melancólico cemento… Y eso era lo que sabía, que el suelo era
áspero cual cemento.
Un crujido óseo irrumpe el mutismo irrompible. La cabeza, que antes se
encontraba alineada perfectamente en su centro, había caído levemente hacía la
derecha si la mirabas de frente, a la izquierda si la mirabas de espalda. Caía
como si le hubiese entrado una duda, cual duda le entraba a la cabeza, ésta
caía de costado como las agujas del reloj, con estridencia espeluznante y con
los ojos abiertos.
Ellos – los ojos – no tenían pupila, ni tampoco eran blancos; eran amarillos
como un diente nicotínico, amarillo mostaza, amarillo pus, amarillo grasa. Sin
embargo, pareciese que miraran todo, aún perdidos en la aparente nada, lo conocían todo pues no veían en
absoluto nada.
No era un segundo más ni un segundo menos. La cabeza ya no se encontraba
perfectamente alineada al resto de su figura, caía de costado embobándose en
preguntas imposibles. El tiempo se había detenido. Firme se clavaba en el
desabrido suelo aquel sujeto grisáceo, borroso como un boceto en carboncillo,
húmedo en su totalidad, libre de ropajes que lo protegieran contra un frío
inexistente, aunque el calor fuera improbable. Como si hubiese encontrado la
respuesta a sus preguntas, cual sus respuestas fueran preguntas aún más
imposibles, la cabeza vuelve a caer abriendo más los ojos.
- Pero aquí estoy yo, no temas en seguir
mirando… - Vuelve a irrumpir aquella vocecilla que en cada tono revelaba
una inocencia epidérmica.
Es que resultaba inimaginable que en aquel lugar pudiese encontrarse algún
vestigio de pureza. La inocencia en su más puro estado no exigía lírica, no
podía ser poética, ni menos académica. La inocencia en su estado natural carece
de humanidad, es un…
-… Imposible – Complementa aquel
susurro acogedor, dulce como una cucharada de mermelada de mosqueta.
Ya no parecían sólo dudas las que entraban en su mente, su rostro se atiborraba
de una perplejidad indescriptible, sus ojos enfermos se abrían hasta rasgar la
piel que rodeaba los mismos, no obstante carecía de llagas o dolor, aquel cutis
estaba tan seco que pareciese que debajo de él se encontrase otra piel, como en
las serpientes.
Desde las sombras, el desamparado ser antropomórfico logró ver algo más allá de
la oscuridad: Unos suaves zapatos de piel guardaban en su inicio unas medias
blancas que subían tensas hasta sobre unas rodillas carnosas, descubriendo un
fragmento de muslo que de inmediato se escondía tras un pantaloncillo corto de
jeans. A medida que el sujeto levantaba cauteloso la vista notó que se trataba
de un vestido de una sola pieza, una jardinera. Sin embargo él no conocía las
ropas, él no sabía que era lo que tenía en frente suyo. Para él no era siquiera
una cosa.
Bajo la jardinera una polera de un rojo pimentón, ajustada, de manga corta y
con sutil escote dejaba al descubierto unos brazos delgados y un pecho plano,
de piel blanca y brillante, tanto como el azúcar. Un castaño pelo rizado hasta
los hombros se mecía grácil con cada paso que la jovencita daba acercándose a
un indescifrable desenlace.
De un momento a otro dejó de saberlo todo, pues en absoluto la nada ya no existía.
Ahora tenía frente a él una borrosa figura que se acercaba paciente, que
inundaba su único y limitado espacio, tenía frente a sí la negación de su
propia lógica.
Y no era un segundo más ni un segundo menos, el tiempo aún estaba obsoleto. La
cabeza, sin darse cuenta había caído de costado por lo menos seis veces en todo
ese momento, había caído tanto que ya se estaba levantando. Había girado. Se
encontraba sin respuestas y sin preguntas, que a fin de cuentas jamás
existieron; la cabeza no tenía la capacidad ni el conocimiento como para pensar
siquiera en ello. El polo de su mentón, que suponía estar abajo, se encontraba
casi alineándose nuevamente con su cuerpo. Se encontraba alineándose con su
cuerpo pero esta vez hacia arriba, en el sentido de las agujas del reloj. Se
dieron las doce en un último crujido: La cabeza estaba chueca.
El áspero hombre, que se mimetizaba de una forma casi perfecta entre el
concreto y la oscuridad, sentía que corrían en sus venas hormigas ardiendo en
fuego a una velocidad solo posible a través de la estimulación de los impulsos
más exactos. Se mantenía inmóvil mirando de cabeza y encontrándose de pie,
aquel hormigueo saturado había superado cualquier arrastre nervioso, le tenía
atado, clavado y enterrado en el piso. Sintió entonces como la planta de sus
pies comenzaba a desgarrarse, sintió como los nervios comenzaban a taladrar el
hormigón en un intento de escapar de esa cárcel de sensaciones y así como sus
terminaciones nerviosas mutaban bajo la tierra también se escapó su instinto,
su naturaleza; tomó entre sus manos escamosas con una desmedida torpeza el
rostro de aquella muchacha. Cayeron trozos de piel resecos de sus brazos. Las
pupilas de la jovencita se perdían en la mirada muerta de aquel ser, se vieron
absorbidas lentamente por una curiosidad infantil mientras el sujeto intentaba
mover la boca soltando un polvo cristalino que no resultaba ser sino sus
propios dientes pulverizados.
Intentó comunicarse, emitir algún sonido pero su lengua se partió en pedazos
acabando éstos en el rostro de la niña. Ella se encontraba presa de su destino,
en una lucha absurda contra la curiosidad. Los pequeños trozos de la extremidad
bucal de aquella abominación fueron empujados por los delicados dedos de la
pequeña hasta su boca que esperaba abierta y ansiosa sentir el insípido sabor
de la piel ajena, encontrándose con un amargo que no le pareció en lo absoluto agradable.
Apretó los ojos y se concentró en tragar con calma la generosa cantidad de
piedra que guardaba en su boca con un resultado exitoso. Al terminar su
prolongado pestañeo, el monstruo ya no estaba frente a ella sino que
prácticamente encima, con semejante expresión de pánico inmenso, con el hocico
abierto, rajado de oreja a oreja y permitiendo una vista peculiar; una garganta
húmeda y viscosa que palpitaba al ritmo de una agitada respiración era el
centro final de un túnel oscuro de tumbas blancas que se esparcían deformes
dentro del cilíndrico panorama bucal. Así también los párpados se habían vistos
afectados por la impulsiva emoción desesperada que obligaba al sujeto
reaccionar instintivamente frente a la extraña presencia; de tanto abrirse,
habían dejado caer uno de los ojos en el escote de la muchacha provocándole un
escalofrío que la remeció con espanto. Mordió el lado izquierdo de la cabeza de
la niña, fijando su único ojo en todo el rostro de la honesta, abriéndolo aún
más, absorbiendo sus pupilas hasta hacerlas desaparecer. La cabeza chueca se
movía de un lado a otro intentando saborear la dulzura y la inocencia, encontrándose
también con un sabor amargo, tampoco agradable.
Viéndose en esta situación, la frágil hembra sólo pudo responder de la misma
forma. Mientras las encías y la lengua del animal saboreaban su cráneo, acercó
sus labios al ojo que se mantenía dilatado y borroso frente a ella y lo besó
con ternura. Éste no parpadeó, pero se inundó enseguida de una mucosidad
amarillenta que comenzó a brotar y resbalar por su frente, acto seguido la niña
se desploma - tras la pausa en la presión que ejercía la mandíbula del ser en su
cabeza - muerta sobre el suelo.
- ¡Criaturas de la oscuridad! ¡Seres
condenados a la soledad! – Ahogó un grito la bestia mientras se arrodillaba
frente al cadáver dejando caer trozos de su cuerpo al compás de su propia
cinética. Eran las palabras de la joven que había traspasado su misericordia a
la criatura despojada de cualquier cualidad humana. Un rayo de conocimientos sumergió
en el pantano de su nueva conciencia la parcial universalidad que puede
guardarse en la memoria de la frágil adolescencia. Su cuerpo de inmediato se
revitalizó junto a su sed cognitiva. Levantó un rostro de piel viva y miró
hacía adelante. Encontrose con un túnel oscuro que velozmente se convertía en
paisaje, en cielo, tonalidades de verdes intensos y opacos, en vida, en ruidos
extravagantes, aromas con sabor, en sonidos libidinosos.
No tardó mucho en encontrarse sobre pasto verde y creyó, incluso, disfrutar el
paseo de la libélula, que a simple vista parece destruir las barreras del
tiempo con su engañoso vuelo de teletransporte.
Miró a todos lados y se sintió miserable, deseó volver a perderlo todo y encerrarse
en su mundo condenado a la indiferencia. Soltó un último llanto amarillo antes
de levantarse con fisgona facilidad y se mantuvo de pie mirando las nubes que pasaban
frente a él, a los pájaros que revoloteaban frente a la lamentable escena con
sus cantos satíricos, con los autos pasando a ambos costados por las calles que
bordeaban el parque en el que se encontraba ahora, lamentando de forma eterna
su suerte, resignándose a la razón.
Ignacio Borowitzka.
lunes, 10 de septiembre de 2012
viernes, 30 de septiembre de 2011
El desespero
Es constante, hasta el más lánguido dejo de su historia
se ha hecho presente en nosotros
y aunque no lo quiero aceptar, entiendo que poco a poco
me convierto en uno de ellos.
Y ha sido fácil para el sobrevivir frente a la injusta vida
que trasciende mas allá de lo imaginable
no sería el único en esta tierra,
estamos rodeados de inútiles carroñas, queridos carroñeros.
Pero de todos los males que hoy me traen hasta aquí
¿Cuál podría ser el que me haga pensar que esto no es algo peligroso?
Ninguno.
Sometido a la culpabilidad más brutal que existe en esta tierra,
es precisamente la sociedad la que hoy le condena.
Y no la gente, no los ricos, no son las deudas ni el juego
Tampoco su ex mujer, ni sus amantes, es la más brutal de todas las culpas...
pero vamos,
vamos por partes.
Lo he invitado a una fiesta y estaremos los dos solos
y aunque en este salón desborde la gente,
por las ventanas, por el piso,
seguiremos solos.
Pues es así como nos hemos criado,
desde pequeños, todos nosotros,
¡Inclúyase querido lector!
Hemos sido condenados a la soledad.
Se que podría morir en este intento suicida
o ahogarme en mis propias mentiras,
creo firmemente que mi realidad no esta del todo sujeta con mi verdad,
ni con la suya
Pues no es por el que estoy aquí,
aunque alguna vez quise creer eso,
estoy por que entre tantos abrazos, tantos besos y no lo dejaremos de lado,
si es tan real, también el sexo.
Entre tanto alcohol y tantas drogas,
entre tanto atrayente morbo,
entre tanta bohemia y desenfreno
no he sido capaz de encontrarme a mi y por eso temo.
Temo porque el individualismo nos condena
y aunque veo tanta hambre y tanta miseria,
aunque puedo empatizar con todo el dolor que existe en esta tierra,
me es absurdo creer que puedo sostener la mano de alguien
si incluso el aire se me escapa a cada instante
¿Acaso usted ha hecho algo por todo esto?
Su crueldad es infame y vulgar…
Pero nuevamente, me excito demasiado
con calma, no dejemos de lado el tema.
A esta fiesta quiero que el asista desnudo
quiero ver su cuerpo y sus yagas
para comprobar si sus heridas aun no han sanado
entender el porque se toma todo sin apuro
Deseo conversar junto a el
beber café de forma pareja
y en una partida de ajedrez, siendo yo un amateur
expresarle mis congojas y mis quejas
Quiero sostener su mano fría
sentir si acaso su carne aún está viva
entender por qué nos ha dejado
por qué jamás, ¡carajo!,
nunca estuvo a nuestro lado
Y si se puede al final de la juerga
atravesarle un puñal en el pecho
revisar por dentro, tendones, huesos
carne y corazón
Deseo con todo fervor que sea sangre,
por favor, lo que brote de su alma
y no esa luz que nunca ha tenido calma
esa a la que temo pero jamás tendremos…
Pero es probable y casi exacto
que el no asista esa bella noche
y que todo lo que le he pedido en vida
no sean mas que autorreproches
Es casi obvio que no podré matarlo
pues en la guerra contra mi estoy limitado
de acciones y sentimientos
Mi cabeza esta en un golpe de estado
Y no quiero culparlo a el de todo esto
aunque su peso en mi espalda se haga intenso
y la sangre en mis venas ya no salga a flote
como hoy no quiero morir, me enveneno.
Por último deseo contarles,
que ayer una bruja tocó a mi puerta
me llamó esclavo y prisionero
y me entregó una llave
Con su índice me señaló un camino
uno oscuro, sin nadie, vacío
se acerco a mi oído y susurro profundamente
“Sin apuros hijo, ese es tu destino”
Estupefacto quede mirando al infinito
y pensé en todo lo antes dicho
una y otra vez, repase mis errores
y entendí que mis problemas no eran en su totalidad devastadores
Creo que aun puedo creer en las causas
proteger mis ideales y afrontar mi desenfreno
no es necesario entenderse, no es correcto
vivo y muero, ahí está, ¡Exacto!
es un hecho.
Entonces, volveré a cercar toda mi realidad,
Volveré a creer en mi pasado y en lo que era antes.
Mirare a aquel lado que solamente yo conozco,
el sucio.
Y observando todo esto es la verdad
la que estalla frente a mi, intransigente.
Vuelven mis ojos a mi nuevo sendero,
vacío.
¡Están ahí! Pero no las ves
¿Son aquellas las verdades que no pretendo entender?
¿O acaso son ellas las que no quieren ceder conmigo?
Pero existe algo de lo cual no puedo escapar
y golpea mis sienes cada vez que intento brillar nuevamente;
gota a gota me muero, es mi propia decadencia,
y no la de lo s demás, la que me hunde y me empuja
a un infinito desespero.
Y le doy gracias a el, por todas las preguntas
pues han sido siempre mis dudas
las que han llegado a convertirme en
una imperfecta consistencia,
orgullosamente impura.
Ignacio Borowitzka.
se ha hecho presente en nosotros
y aunque no lo quiero aceptar, entiendo que poco a poco
me convierto en uno de ellos.
Y ha sido fácil para el sobrevivir frente a la injusta vida
que trasciende mas allá de lo imaginable
no sería el único en esta tierra,
estamos rodeados de inútiles carroñas, queridos carroñeros.
Pero de todos los males que hoy me traen hasta aquí
¿Cuál podría ser el que me haga pensar que esto no es algo peligroso?
Ninguno.
Sometido a la culpabilidad más brutal que existe en esta tierra,
es precisamente la sociedad la que hoy le condena.
Y no la gente, no los ricos, no son las deudas ni el juego
Tampoco su ex mujer, ni sus amantes, es la más brutal de todas las culpas...
pero vamos,
vamos por partes.
Lo he invitado a una fiesta y estaremos los dos solos
y aunque en este salón desborde la gente,
por las ventanas, por el piso,
seguiremos solos.
Pues es así como nos hemos criado,
desde pequeños, todos nosotros,
¡Inclúyase querido lector!
Hemos sido condenados a la soledad.
Se que podría morir en este intento suicida
o ahogarme en mis propias mentiras,
creo firmemente que mi realidad no esta del todo sujeta con mi verdad,
ni con la suya
Pues no es por el que estoy aquí,
aunque alguna vez quise creer eso,
estoy por que entre tantos abrazos, tantos besos y no lo dejaremos de lado,
si es tan real, también el sexo.
Entre tanto alcohol y tantas drogas,
entre tanto atrayente morbo,
entre tanta bohemia y desenfreno
no he sido capaz de encontrarme a mi y por eso temo.
Temo porque el individualismo nos condena
y aunque veo tanta hambre y tanta miseria,
aunque puedo empatizar con todo el dolor que existe en esta tierra,
me es absurdo creer que puedo sostener la mano de alguien
si incluso el aire se me escapa a cada instante
¿Acaso usted ha hecho algo por todo esto?
Su crueldad es infame y vulgar…
Pero nuevamente, me excito demasiado
con calma, no dejemos de lado el tema.
A esta fiesta quiero que el asista desnudo
quiero ver su cuerpo y sus yagas
para comprobar si sus heridas aun no han sanado
entender el porque se toma todo sin apuro
Deseo conversar junto a el
beber café de forma pareja
y en una partida de ajedrez, siendo yo un amateur
expresarle mis congojas y mis quejas
Quiero sostener su mano fría
sentir si acaso su carne aún está viva
entender por qué nos ha dejado
por qué jamás, ¡carajo!,
nunca estuvo a nuestro lado
Y si se puede al final de la juerga
atravesarle un puñal en el pecho
revisar por dentro, tendones, huesos
carne y corazón
Deseo con todo fervor que sea sangre,
por favor, lo que brote de su alma
y no esa luz que nunca ha tenido calma
esa a la que temo pero jamás tendremos…
Pero es probable y casi exacto
que el no asista esa bella noche
y que todo lo que le he pedido en vida
no sean mas que autorreproches
Es casi obvio que no podré matarlo
pues en la guerra contra mi estoy limitado
de acciones y sentimientos
Mi cabeza esta en un golpe de estado
Y no quiero culparlo a el de todo esto
aunque su peso en mi espalda se haga intenso
y la sangre en mis venas ya no salga a flote
como hoy no quiero morir, me enveneno.
Por último deseo contarles,
que ayer una bruja tocó a mi puerta
me llamó esclavo y prisionero
y me entregó una llave
Con su índice me señaló un camino
uno oscuro, sin nadie, vacío
se acerco a mi oído y susurro profundamente
“Sin apuros hijo, ese es tu destino”
Estupefacto quede mirando al infinito
y pensé en todo lo antes dicho
una y otra vez, repase mis errores
y entendí que mis problemas no eran en su totalidad devastadores
Creo que aun puedo creer en las causas
proteger mis ideales y afrontar mi desenfreno
no es necesario entenderse, no es correcto
vivo y muero, ahí está, ¡Exacto!
es un hecho.
Entonces, volveré a cercar toda mi realidad,
Volveré a creer en mi pasado y en lo que era antes.
Mirare a aquel lado que solamente yo conozco,
el sucio.
Y observando todo esto es la verdad
la que estalla frente a mi, intransigente.
Vuelven mis ojos a mi nuevo sendero,
vacío.
¡Están ahí! Pero no las ves
¿Son aquellas las verdades que no pretendo entender?
¿O acaso son ellas las que no quieren ceder conmigo?
Pero existe algo de lo cual no puedo escapar
y golpea mis sienes cada vez que intento brillar nuevamente;
gota a gota me muero, es mi propia decadencia,
y no la de lo s demás, la que me hunde y me empuja
a un infinito desespero.
Y le doy gracias a el, por todas las preguntas
pues han sido siempre mis dudas
las que han llegado a convertirme en
una imperfecta consistencia,
orgullosamente impura.
Ignacio Borowitzka.
martes, 21 de junio de 2011
Accidente, Occidente, etcétera...
He soñado con funerales de gente desconocida, manifestaciones iconoclastas, hipocresía, idolatrías exageradas, delectaciones voyeuristas. He soñado con un cielo cayendo a plomo contra mí y con sabios que aseguran la verdad. ¿La verdad? ¡Y yo cada día al despertar no recuerdo nada! Mi última carta: Desprenderme de lo occidental a una vida oníricabsoluta. De momento continúo envenenándome, soy el hombre de Vitruvio.
domingo, 19 de junio de 2011
Consecuencia.
-El anciano de la mesa siete, te aseguro que no ha parado de toser en toda la semana- Comentó el joven con desdén mientras sorbeteaba insoportablemente una taza de café ya fría.
No es que a al joven le molestara todo esto, seguramente le era incomodo tener que lidiar con cualquiera que intentara suplantar su característico puesto de “hinchapelotas”, que por derecho crónico, le había pertenecido durante un par de meses.
-¿Sabes algo? Ese anciano ha llegado el jueves pasado y al parecer con gripe porcina. No me explico como a un octogenario verrugón se le ocurre hacer tan intolerante presencia en un café del siglo veintiuno-
-¿Acaso no son públicos?- Reparó su compañero de mesa
-¿Público? La vida misma es pública amigo mío, tu presencia en la fila del almuerzo, en los baños, las palabras que dices, todo es público… y el humo de tu cigarro también lo es ¡Apaga esa porquería!
-En recreo nos dejan fumar, no veo el porque apagarlo-
El joven se levanta e intenta quitarle el cigarro en una maniobra lo suficientemente tosca como para derramar el poco café que aun quedaba sobre el regazo de su compañero.
-¡Mira lo que has hecho Gabriel!- Exclamó su compañero levantándose de un salto.
Las miradas del salón, muertas, se clavaron en la entrepierna del compañero de mesa, seguramente era el acontecimiento más interesante del día. La gente volvió las miradas a su grupo para cerciorar lo que habían acabado de ver. Gabriel volvió a tomar asiento.
-Eso te pasa por estar fumando- Agregó el joven llevándose la cucharilla a la boca simulando un cigarrillo.
¿Qué tiene que ver el cigarro? ¡Este lugar es público y tu estas loco!- Grita el compañero, colérico y rojo de vergüenza e ira.
Gabriel se lleva el puño a la boca para toser delicadamente.
-A esto se le llama consecuencia-
-¡Consecuencia sería el cáncer Gabriel, no que tu derrames un café!-
-Eso es una consecuencia biológica-
-¿A que nos lleva esto? ¡Tú derramaste el café y yo salí afectado! ¿Qué tiene que ver en esto el maldito cigarro?-
-Pregúntaselo tu-
El compañero de mesa mira su cigarrillo aun encendido en la baldosa solo para darse cuenta que había caído nuevamente en otra de las mordaces bromas de Gabriel. No quiso explicarle que los cigarros no hablaban, eso habría afectado más aun su dignidad. Entonces tomo unas servilletas y mientras se secaba el rabo con agresividad se dirigió a la mesa del anciano que aún no paraba de toser. La gente seguía la escena con la mirada anestesiada.
-¡No es el cigarro Gabriel!- Gritó nuevamente el compañero de mesa
-¿Qué piensas hacer Juan?- Preguntó Gabriel emocionado con la escena.
-Voy a cambiar mi destino-
Acto seguido pisó el pie del viejo con tal fuerza que de un grito comenzó a toser compulsivamente sangre y flemas, amuñó las servilletas y las deposito en su boca como si fuera un tacho de basura, sacó de su bolsillo un cigarro magullado y lo encendió con un fósforo.
Pensaba que había ganado la disputa, que había sido mas astuto que Gabriel y que con esto se iba a ganar el respeto de todos los enfermos. De un momento a otro las cosas dieron un vuelco atroz, entraron los enfermeros de seguridad y sujetaron a Juan de los hombros, Gabriel mientras tanto sonreía viendo como se llevaban a su compañero antes de que terminara el recreo… y Juan gritaba: ¡Ahora es consecuencia del anciano y tú estas loco!
Ignacio Borowitzka.
No es que a al joven le molestara todo esto, seguramente le era incomodo tener que lidiar con cualquiera que intentara suplantar su característico puesto de “hinchapelotas”, que por derecho crónico, le había pertenecido durante un par de meses.
-¿Sabes algo? Ese anciano ha llegado el jueves pasado y al parecer con gripe porcina. No me explico como a un octogenario verrugón se le ocurre hacer tan intolerante presencia en un café del siglo veintiuno-
-¿Acaso no son públicos?- Reparó su compañero de mesa
-¿Público? La vida misma es pública amigo mío, tu presencia en la fila del almuerzo, en los baños, las palabras que dices, todo es público… y el humo de tu cigarro también lo es ¡Apaga esa porquería!
-En recreo nos dejan fumar, no veo el porque apagarlo-
El joven se levanta e intenta quitarle el cigarro en una maniobra lo suficientemente tosca como para derramar el poco café que aun quedaba sobre el regazo de su compañero.
-¡Mira lo que has hecho Gabriel!- Exclamó su compañero levantándose de un salto.
Las miradas del salón, muertas, se clavaron en la entrepierna del compañero de mesa, seguramente era el acontecimiento más interesante del día. La gente volvió las miradas a su grupo para cerciorar lo que habían acabado de ver. Gabriel volvió a tomar asiento.
-Eso te pasa por estar fumando- Agregó el joven llevándose la cucharilla a la boca simulando un cigarrillo.
¿Qué tiene que ver el cigarro? ¡Este lugar es público y tu estas loco!- Grita el compañero, colérico y rojo de vergüenza e ira.
Gabriel se lleva el puño a la boca para toser delicadamente.
-A esto se le llama consecuencia-
-¡Consecuencia sería el cáncer Gabriel, no que tu derrames un café!-
-Eso es una consecuencia biológica-
-¿A que nos lleva esto? ¡Tú derramaste el café y yo salí afectado! ¿Qué tiene que ver en esto el maldito cigarro?-
-Pregúntaselo tu-
El compañero de mesa mira su cigarrillo aun encendido en la baldosa solo para darse cuenta que había caído nuevamente en otra de las mordaces bromas de Gabriel. No quiso explicarle que los cigarros no hablaban, eso habría afectado más aun su dignidad. Entonces tomo unas servilletas y mientras se secaba el rabo con agresividad se dirigió a la mesa del anciano que aún no paraba de toser. La gente seguía la escena con la mirada anestesiada.
-¡No es el cigarro Gabriel!- Gritó nuevamente el compañero de mesa
-¿Qué piensas hacer Juan?- Preguntó Gabriel emocionado con la escena.
-Voy a cambiar mi destino-
Acto seguido pisó el pie del viejo con tal fuerza que de un grito comenzó a toser compulsivamente sangre y flemas, amuñó las servilletas y las deposito en su boca como si fuera un tacho de basura, sacó de su bolsillo un cigarro magullado y lo encendió con un fósforo.
Pensaba que había ganado la disputa, que había sido mas astuto que Gabriel y que con esto se iba a ganar el respeto de todos los enfermos. De un momento a otro las cosas dieron un vuelco atroz, entraron los enfermeros de seguridad y sujetaron a Juan de los hombros, Gabriel mientras tanto sonreía viendo como se llevaban a su compañero antes de que terminara el recreo… y Juan gritaba: ¡Ahora es consecuencia del anciano y tú estas loco!
Ignacio Borowitzka.
sábado, 8 de enero de 2011
El pelaje del conejo.
De pie frente al armario y en ropa interior se encontraba la pequeña Leonor.
Embrollada y con la piel como puercoespín buscaba entre tanto aparataje sicalíptico alguna herramienta útil para librarse de la pesadilla. Por su mente se atravesaban a milisegundos las imágenes turbulentas de esa noche, algunas podrían incluso clasificarse como licenciosas. No vacilo más y continuo a un zamarreo de cabeza se armó con un plumero y se dio media vuelta. Frente a ella una silueta negra, como si fuera dibujada con tinta china, su mirada se perdía como un espejismo. “La aproximación lo descubre todo” recordaba cantar disonante al cristalino choque entre un Clavo Oxidado y un Stolishnaya un anciano marinero que murió tras una semana bebiendo en el sótano de un bar. ¿El anciano? Su padre. ¿Y Leonor? Se acercaba.
Leonor llama la atención de todos, y todos intentan llamar la atención de Leonor. Pero conocerla era casi un privilegio. Yo tuve la suerte, sin ser autocomplaciente, de ser el primero en asistir a ella. Solía cantar en el mismo bar al que acudía su padre y también muy a menudo recitar poesía. No era muy alta, pero si lucia unos centímetros mas que yo. Siempre justifique que era por sus tacos. Era de una belleza única, pues aunque su nariz chata y su labio leporino generaban cierto rechazo, el brillo de sus ojos era tan puro como el pelaje de un conejo… Casto.
Recuerdo claramente una noche especial, la última en que Leonor se subió al escenario que se encontraba en el sótano del bar, su padre aturdido miraba expectante a su hija. Su rostro era de un orgullo inmenso, pero atribuible también al deseo más insano que podrían imaginar. Las mesas cuchicheaban hasta que un arreglo vocal y de flemas obtuvo de inmediato la atención de los viejos camioneros, marinos y borrachos. Bastó con unas palabras para que todo el mundo cayera al deleite de la voz más armoniosa jamás escuchada en el acudido cuchitril. Era el barco ebrio, de Rimbaud. El bar se amordazo, a las cervezas se les fue el gas y los hielos se derritieron. Todos escuchaban a Leonor recitar.
-¡Y yo, barco perdido entre la cabellera de ensenadas, al éter echado por la racha, no merecí el remolque de anseáticas veleras ni de los monitores, nave de agua borracha!- Exclamó con impaciente emoción.
Cada cierto tiempo sus ojos se desviaban y se clavaban con los de su padre. Se sentía el fervor de la mirada, indescifrable odio apasionado. El viejo la miraba sin aire, sujetándose de la silla, como si los pulmones de su hija fueran a botarlo de su trono carcomido por las termitas. Ella se detuvo, tomo una bocanada de aire y cerro los ojos. Con paz contemporánea paseo las últimas palabras como humo de tabaco en todo el bar, como una niebla espesa que inundo el pestífero sótano, como polillas bailando alrededor de una ampolleta intermitente. ¡Así!, ¡Así mismo se deslizaron las últimas líneas! ¡Exactamente como les he dicho!... Leonor sonríe, el viejo se desploma y la gente aplaude.
Leonor no frecuento más el bar y no volvió a cantar, no tenía una relación fraternal con el viejo, más bien, el padre admiraba a la hija. Incluso se chismeaba en las mesas que el pobre anciano se encontraba tan verde con la pequeña que un día lo encontraron masturbándose en el baño de las cantinas observando una fotografía de ella.
Pero todos teníamos claro que algo extraño sucedió esa noche cuando el viejo murió, nadie tuvo la compasión siquiera de verificar si estaba muerto, era como si hubiéramos estado esperando su muerte desde hacia mucho tiempo. O más bien, como si Leonor lo hubiera matado.
No me explico que llevo a Leonor a esa silueta negra, armada con su plumero, destapando todo el polvo invernal y con la luz de la luna sobre su joven cuerpo. Pero como les digo, tuve la suerte de ser el primero en conocerla. A ella con sus ojos, como el pelaje de un conejo… de un ordinario y usual conejo.
Ignacio Borowitzka.
Embrollada y con la piel como puercoespín buscaba entre tanto aparataje sicalíptico alguna herramienta útil para librarse de la pesadilla. Por su mente se atravesaban a milisegundos las imágenes turbulentas de esa noche, algunas podrían incluso clasificarse como licenciosas. No vacilo más y continuo a un zamarreo de cabeza se armó con un plumero y se dio media vuelta. Frente a ella una silueta negra, como si fuera dibujada con tinta china, su mirada se perdía como un espejismo. “La aproximación lo descubre todo” recordaba cantar disonante al cristalino choque entre un Clavo Oxidado y un Stolishnaya un anciano marinero que murió tras una semana bebiendo en el sótano de un bar. ¿El anciano? Su padre. ¿Y Leonor? Se acercaba.
Leonor llama la atención de todos, y todos intentan llamar la atención de Leonor. Pero conocerla era casi un privilegio. Yo tuve la suerte, sin ser autocomplaciente, de ser el primero en asistir a ella. Solía cantar en el mismo bar al que acudía su padre y también muy a menudo recitar poesía. No era muy alta, pero si lucia unos centímetros mas que yo. Siempre justifique que era por sus tacos. Era de una belleza única, pues aunque su nariz chata y su labio leporino generaban cierto rechazo, el brillo de sus ojos era tan puro como el pelaje de un conejo… Casto.
Recuerdo claramente una noche especial, la última en que Leonor se subió al escenario que se encontraba en el sótano del bar, su padre aturdido miraba expectante a su hija. Su rostro era de un orgullo inmenso, pero atribuible también al deseo más insano que podrían imaginar. Las mesas cuchicheaban hasta que un arreglo vocal y de flemas obtuvo de inmediato la atención de los viejos camioneros, marinos y borrachos. Bastó con unas palabras para que todo el mundo cayera al deleite de la voz más armoniosa jamás escuchada en el acudido cuchitril. Era el barco ebrio, de Rimbaud. El bar se amordazo, a las cervezas se les fue el gas y los hielos se derritieron. Todos escuchaban a Leonor recitar.
-¡Y yo, barco perdido entre la cabellera de ensenadas, al éter echado por la racha, no merecí el remolque de anseáticas veleras ni de los monitores, nave de agua borracha!- Exclamó con impaciente emoción.
Cada cierto tiempo sus ojos se desviaban y se clavaban con los de su padre. Se sentía el fervor de la mirada, indescifrable odio apasionado. El viejo la miraba sin aire, sujetándose de la silla, como si los pulmones de su hija fueran a botarlo de su trono carcomido por las termitas. Ella se detuvo, tomo una bocanada de aire y cerro los ojos. Con paz contemporánea paseo las últimas palabras como humo de tabaco en todo el bar, como una niebla espesa que inundo el pestífero sótano, como polillas bailando alrededor de una ampolleta intermitente. ¡Así!, ¡Así mismo se deslizaron las últimas líneas! ¡Exactamente como les he dicho!... Leonor sonríe, el viejo se desploma y la gente aplaude.
Leonor no frecuento más el bar y no volvió a cantar, no tenía una relación fraternal con el viejo, más bien, el padre admiraba a la hija. Incluso se chismeaba en las mesas que el pobre anciano se encontraba tan verde con la pequeña que un día lo encontraron masturbándose en el baño de las cantinas observando una fotografía de ella.
Pero todos teníamos claro que algo extraño sucedió esa noche cuando el viejo murió, nadie tuvo la compasión siquiera de verificar si estaba muerto, era como si hubiéramos estado esperando su muerte desde hacia mucho tiempo. O más bien, como si Leonor lo hubiera matado.
No me explico que llevo a Leonor a esa silueta negra, armada con su plumero, destapando todo el polvo invernal y con la luz de la luna sobre su joven cuerpo. Pero como les digo, tuve la suerte de ser el primero en conocerla. A ella con sus ojos, como el pelaje de un conejo… de un ordinario y usual conejo.
Ignacio Borowitzka.
domingo, 14 de noviembre de 2010
El espejo en el espejo
Tras un caleidoscopio con mira de cristal
Vi en su magnitud el desorden y me sumergí.
De pie, en el fondo, las figuras difuminadas
Cedieron sus siluetas ante la lógica de la proyección
Frente a pantallas y espejos de colores
la gama se extendía por el callejón enhiesto
enredado entre destellos asfixiantes de neón
con el viento en contra y la gravedad a favor.
Los Fantasmas de cuentos vestidos tornasol
me envolvieron en batín negro y violeta
Y en el lago donde la luz filtraba holística
atraparon la verdad en un tubo de cartón
Una trampa mortal, el espejo en el espejo
arquetipo inmaterial compatible al dolor
-¡Transfórmalo en placer!- Gritaron carcajadas
amplificándose en un eco, eternas carcajadas.
Jugamos a escondernos bajo este paisaje activo
que gira como la vida, nuestro eterno amigo
en vaivén como un disco en reproducción
Sin importar el momento, es la misma canción
Una trampa mortal, un espejo en un espejo.
Ignacio Borowitzka.
Vi en su magnitud el desorden y me sumergí.
De pie, en el fondo, las figuras difuminadas
Cedieron sus siluetas ante la lógica de la proyección
Frente a pantallas y espejos de colores
la gama se extendía por el callejón enhiesto
enredado entre destellos asfixiantes de neón
con el viento en contra y la gravedad a favor.
Los Fantasmas de cuentos vestidos tornasol
me envolvieron en batín negro y violeta
Y en el lago donde la luz filtraba holística
atraparon la verdad en un tubo de cartón
Una trampa mortal, el espejo en el espejo
arquetipo inmaterial compatible al dolor
-¡Transfórmalo en placer!- Gritaron carcajadas
amplificándose en un eco, eternas carcajadas.
Jugamos a escondernos bajo este paisaje activo
que gira como la vida, nuestro eterno amigo
en vaivén como un disco en reproducción
Sin importar el momento, es la misma canción
Una trampa mortal, un espejo en un espejo.
Ignacio Borowitzka.
domingo, 24 de octubre de 2010
Poema I
¡No has de opacar vuestro brillo por capricho!
Dejad que el cielo luzca su astrológico vestido
Que deslumbre con manifestante pantomima,
profunda locura, eufórica brisa.
¡No has de opacar tu solemne canto vivo!
Que las penas fluyan solo en vuestro camino.
“Lo que nos pertenece y lo del resto”
Mas aquel dilema sea mío, no es nuestro amigo.
Yo brindo por aquellos que guardaron sus tormentos
a cambio de una ajena sonrisa sus lamentos.
Brindo por el viejo que pide limosnas
Cantando con intensa alegría y postrado en el cemento:
- La lluvia ajena sólo entorpece nuestro rio
bien mis pecados de la mano conmigo
irán desde el cielo hasta el trapecio
irán del sepulcro hasta el olvido -
Ignacio Borowitkza.
Dejad que el cielo luzca su astrológico vestido
Que deslumbre con manifestante pantomima,
profunda locura, eufórica brisa.
¡No has de opacar tu solemne canto vivo!
Que las penas fluyan solo en vuestro camino.
“Lo que nos pertenece y lo del resto”
Mas aquel dilema sea mío, no es nuestro amigo.
Yo brindo por aquellos que guardaron sus tormentos
a cambio de una ajena sonrisa sus lamentos.
Brindo por el viejo que pide limosnas
Cantando con intensa alegría y postrado en el cemento:
- La lluvia ajena sólo entorpece nuestro rio
bien mis pecados de la mano conmigo
irán desde el cielo hasta el trapecio
irán del sepulcro hasta el olvido -
Ignacio Borowitkza.
sábado, 16 de octubre de 2010
De piratas y astronautas
De piratas y astronautas se
que como ellos nunca en la vida seré.
Intentando tocar el cielo, caigo al mar
Y en el mar soy naufragio y no capitán.
Se que la vida me ha dado
como nos ha dado a todos, condenados
cien penas por cada sonrisa
a mi, diez canciones por cada tristeza.
Se que la sangre sigue fluyendo
Y también que el calor es importante en esto
Que el tabaco anega mi existencia
y que el mirar desconcertante me llena.
También se que la noche tiembla
cada vez que en tus ojos no veo siesta.
Que habrá mil preguntas por cada estrella
y de respuestas, pocas en esta tierra.
Se que puedo, si quiero
y que quiero lo que no puedo
es satisfacción intentarlo
una y otra vez, aunque sea doloroso
aunque sea
en vano.
De piratas y astronautas se
que tan lejos como ellos no llegare
Pero quiero seguir corriendo
aunque me encuentre en el camino
solo, ciego, muerto.
Ignacio Borowitzka.
que como ellos nunca en la vida seré.
Intentando tocar el cielo, caigo al mar
Y en el mar soy naufragio y no capitán.
Se que la vida me ha dado
como nos ha dado a todos, condenados
cien penas por cada sonrisa
a mi, diez canciones por cada tristeza.
Se que la sangre sigue fluyendo
Y también que el calor es importante en esto
Que el tabaco anega mi existencia
y que el mirar desconcertante me llena.
También se que la noche tiembla
cada vez que en tus ojos no veo siesta.
Que habrá mil preguntas por cada estrella
y de respuestas, pocas en esta tierra.
Se que puedo, si quiero
y que quiero lo que no puedo
es satisfacción intentarlo
una y otra vez, aunque sea doloroso
aunque sea
en vano.
De piratas y astronautas se
que tan lejos como ellos no llegare
Pero quiero seguir corriendo
aunque me encuentre en el camino
solo, ciego, muerto.
Ignacio Borowitzka.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Un recuerdo de verano.
La noche no era más azul que lo habitual y las estrellas no brillaban mas que ayer, pero curiosamente esa noche todo parecía especial y el alcohol no estaba presente en mí para hacerme creer eso. Naufragué en un túnel que habitualmente suelo tomar, pero esta vez camine solo, era yo vivo y despierto rodeado de un exquisito olor a tabaco barato y cantos de amistad. Las voces reían eufóricas, las damas lanzaban miradas seductoras, ya se sentía el olor del cannabis y dentro de la habitación yo nada hacía más que meditar mientras aparentaba ser parte de la fiesta.
Junto a los amigos no importa quién se divierta mas, lo teórico es compartir y eso era lo que yo hacía esa noche. La luna brindaba la luz necesaria para poder mirar el camino. La música comienza a nacer, parte mi guitarra llena de magia e ideas por entregar y sigue el melancólico vaivén de una armónica ebria. Cuando la estructura ya en concreto, este lista y solamente se repita hasta que los pulmones aguanten, comienza la improvisación de historias y palabras. El sentimiento comienza a surgir, cuentos de amor, valentía y sueños, de promesas y sobretodo de amistad. Mi cuerpo aun resiste la interminable fusión de ideas, pero comienza mi mente a quebrarse con la transparencia de confianza que se teje en el momento. Una guitarra cae bajo la lluvia y esta confunde entre otros un llanto silencioso.
Ignacio Borowitzka.
Junto a los amigos no importa quién se divierta mas, lo teórico es compartir y eso era lo que yo hacía esa noche. La luna brindaba la luz necesaria para poder mirar el camino. La música comienza a nacer, parte mi guitarra llena de magia e ideas por entregar y sigue el melancólico vaivén de una armónica ebria. Cuando la estructura ya en concreto, este lista y solamente se repita hasta que los pulmones aguanten, comienza la improvisación de historias y palabras. El sentimiento comienza a surgir, cuentos de amor, valentía y sueños, de promesas y sobretodo de amistad. Mi cuerpo aun resiste la interminable fusión de ideas, pero comienza mi mente a quebrarse con la transparencia de confianza que se teje en el momento. Una guitarra cae bajo la lluvia y esta confunde entre otros un llanto silencioso.
Ignacio Borowitzka.
Para Venus II
La mezcla perfecta.
Produjo en momentos tu cuerpo los más fieles sentimientos de razón,
cubrieron las raíces de tu cielo en mí la dicha y la agonía,
neutralizaron tus besos el peligro de las palabras,
de la dañina coherencia.
Por meses fui de tu cuerpo un ilustrado, erudito de tus miradas,
el sabio de tus amenidades, el ladrón de tu flor.
Fui de tu tacto un esclavo, un naufragio en tu cuerpo,
la calma y la exaltación, de tu fondo hasta la superficie.
Embriagamos la carne con placer incontenible,
bebimos de la vertiente férvida del pecado,
mordimos la fruta prohibida, osamos a cerrar los ojos frente al fuego,
azotamos el tiempo contra la pared de la irreverencia,
esparcimos la tinta sobre un lienzo de piel y escribiendo en esta,
la formula de una receta perfecta, nos miramos en un beso.
Y así nuestra figura se convirtió
en el universo de nuestros deseos,
en la infinita marea de la posesión,
en una realidad subjetiva, en un color imposible,
que se extiende desde las más altas cumbres del goce,
hasta el agitado suplicio de la compañía.
Ignacio Borowitzka.
Produjo en momentos tu cuerpo los más fieles sentimientos de razón,
cubrieron las raíces de tu cielo en mí la dicha y la agonía,
neutralizaron tus besos el peligro de las palabras,
de la dañina coherencia.
Por meses fui de tu cuerpo un ilustrado, erudito de tus miradas,
el sabio de tus amenidades, el ladrón de tu flor.
Fui de tu tacto un esclavo, un naufragio en tu cuerpo,
la calma y la exaltación, de tu fondo hasta la superficie.
Embriagamos la carne con placer incontenible,
bebimos de la vertiente férvida del pecado,
mordimos la fruta prohibida, osamos a cerrar los ojos frente al fuego,
azotamos el tiempo contra la pared de la irreverencia,
esparcimos la tinta sobre un lienzo de piel y escribiendo en esta,
la formula de una receta perfecta, nos miramos en un beso.
Y así nuestra figura se convirtió
en el universo de nuestros deseos,
en la infinita marea de la posesión,
en una realidad subjetiva, en un color imposible,
que se extiende desde las más altas cumbres del goce,
hasta el agitado suplicio de la compañía.
Ignacio Borowitzka.
Soledad Acompañada II
Al no poder estirar mi mano hacia el cielo
para sentirme dios tapando el sol (como acostumbro hacerlo)
me creí insignificante, pero no menor.
Grite para que alguien me escuchara
pero a pesar de ser un día soleado de verano
no había alma alguna en ese lugar,
todos disfrutaban su lujosa compañía.
Devolví mi vista el cielo, y con un guiño al sol
nuevamente me sentí dios.
Ignacio Borowitzka.
para sentirme dios tapando el sol (como acostumbro hacerlo)
me creí insignificante, pero no menor.
Grite para que alguien me escuchara
pero a pesar de ser un día soleado de verano
no había alma alguna en ese lugar,
todos disfrutaban su lujosa compañía.
Devolví mi vista el cielo, y con un guiño al sol
nuevamente me sentí dios.
Ignacio Borowitzka.
martes, 7 de septiembre de 2010
Invicto II
Ella: ¡Mátame!
El: No lo hare, no soy dios.
Ella: Yo puedo hacerlo
El: Inténtalo
¡BANG!
El: ¿Ves? Aun no me he ido.
Ella: ¡Mierda!
Ignacio Borowitzka.
El: No lo hare, no soy dios.
Ella: Yo puedo hacerlo
El: Inténtalo
¡BANG!
El: ¿Ves? Aun no me he ido.
Ella: ¡Mierda!
Ignacio Borowitzka.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Para Venus I
Que sereno es verte o intentar oírte, es que en tanto aroma violeta que navega por los pasillos, disminuyendo en fotogramas a la gente, ¿como podría yo?, tan solo un niño, silenciarte con un beso en la mejilla o con un guiño. Y tu caminando con bella caligrafía, dejando poesía, ¡que delicia es ver tu andar e inundarme en alegría! Resultas ser para el rumbo de mis deseos la huella mas preciada, Te conviertes ligeramente, bajo mis pies, en mermelada. Me enredo, me despisto y pierdo el equilibrio o bien haces de mi cubierta, marea terrible, marea sin destino.
Ignacio Borowitzka ~ Venus*
Ignacio Borowitzka ~ Venus*
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Pensamiento de baño.
¿Es inconsecuente escribir de algo que en la práctica propia se contradice?
En teoría si.
Me justifico; No me culpen por ser humano.
Ignacio Borowitzka.
Que divertidos son los pensamientos que vienen a la mente cuando meas. ¡Mientras mas orinas, más divertidos son!
En teoría si.
Me justifico; No me culpen por ser humano.
Ignacio Borowitzka.
Que divertidos son los pensamientos que vienen a la mente cuando meas. ¡Mientras mas orinas, más divertidos son!
domingo, 29 de agosto de 2010
Trastorno Esquizoafectivo.
Salió de la fiesta a tomar aire, a los minutos la seguí.
Estaba ella fumando mientras, nerviosa, daba vueltas
Me acerque, al verme callo en mis brazos y entro en pánico
Y mientras sus lagrimas se congelaban con el frio de la noche
mientras la luna creaba un destello en sus ojos apagados
y los perros ladraban por el ruido de la fiesta
Yo solo podía culparme, al no poder llorar también.
Ignacio Borowitzka.
Estaba ella fumando mientras, nerviosa, daba vueltas
Me acerque, al verme callo en mis brazos y entro en pánico
Y mientras sus lagrimas se congelaban con el frio de la noche
mientras la luna creaba un destello en sus ojos apagados
y los perros ladraban por el ruido de la fiesta
Yo solo podía culparme, al no poder llorar también.
Ignacio Borowitzka.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Invicto.
Esa mañana la lluvia apago mi cigarrillo
-Te odio- Espeté al cielo.
Luego lo volví a encender
-No me ganas- Le reí.
Ignacio Borowitzka.
jueves, 22 de abril de 2010
Realidad o Fantasía.
Recuerdo que comenzó desde que tengo conciencia algo realmente maravilloso. Se trataba de un juego que no requiere fichas ni naipes, completamente libre de avances tecnológicos, donde perder era algo imposible, o así lo creía yo, hasta que descubrí que este juego se convertiría en el mas poderoso en vida y a la vez sería único, pero también muy peligroso, como todos, si te excedes.
Suelo cada día perderme en el respiro de la realidad y me resulta sencillo y divertido cerrar las ventanas que me conectan al mundo y convertirme en algo completamente diferente. Un alquimista en busca de la vida eterna, un dios que une al mundo, un asesino que despoja almas sin piedad, puedo volver al pasado y ser quien soy ahora, tranquilizar por fin las viejas inquietudes con aquellas decisiones complicadas en la vida, ser espacio o ser mar, pirata o astronauta. Pero a veces resulta problemático perderse en estas ilusiones, pues llegas a creerlas con tal fuerza que se apegan a ti y te conviertes en una fantasía, en un bosquejo de ideas afectivas que solo tienen significado para uno mismo. Y si se que me hacen daño, ¿Por qué sigo creyéndolas reales? O más bien ¿Por qué temo dejar que lo sean?
Cuando observo el mundo, y no solamente con los ojos, me cuesta creer mucho de lo que veo. Cuestiono la existencia de lo físico, de la vida y de la muerte e incluso hasta llego a dudar de la propia, convirtiendo la imaginación en algo de peso frente a este gran dilema: Realidad o fantasía.
Temporalmente me encuentro en receso con todo esto, pero si algún día me ven volando por los aires sobre un fénix o moviendo montañas con la fuerza de mis pulmones, sabrán que no se trataba únicamente de un simple juego.
Ignacio Borowitzka.
Suelo cada día perderme en el respiro de la realidad y me resulta sencillo y divertido cerrar las ventanas que me conectan al mundo y convertirme en algo completamente diferente. Un alquimista en busca de la vida eterna, un dios que une al mundo, un asesino que despoja almas sin piedad, puedo volver al pasado y ser quien soy ahora, tranquilizar por fin las viejas inquietudes con aquellas decisiones complicadas en la vida, ser espacio o ser mar, pirata o astronauta. Pero a veces resulta problemático perderse en estas ilusiones, pues llegas a creerlas con tal fuerza que se apegan a ti y te conviertes en una fantasía, en un bosquejo de ideas afectivas que solo tienen significado para uno mismo. Y si se que me hacen daño, ¿Por qué sigo creyéndolas reales? O más bien ¿Por qué temo dejar que lo sean?
Cuando observo el mundo, y no solamente con los ojos, me cuesta creer mucho de lo que veo. Cuestiono la existencia de lo físico, de la vida y de la muerte e incluso hasta llego a dudar de la propia, convirtiendo la imaginación en algo de peso frente a este gran dilema: Realidad o fantasía.
Temporalmente me encuentro en receso con todo esto, pero si algún día me ven volando por los aires sobre un fénix o moviendo montañas con la fuerza de mis pulmones, sabrán que no se trataba únicamente de un simple juego.
Ignacio Borowitzka.
sábado, 3 de abril de 2010
Agnóstico.
Aun puedo inmortalizar en las noches
cada soplo de baladas confitadas
calándome en tus presencias violáceas
de noches largas y fríos pesados
De esos que carcomen los huesos
pero no el alma.
Puedo solitario mirar encantado
hacia la ausencia de un ser todopoderoso
Que no existe en mi camino divino
ni en el humano, ni en el exilio.
Y Solitario también mirare alucinando
la psicodélia del fin de ciclos
y cantare al cielo llorando:
-Que por ti vivo la vida,
amena, brillante y única majestad mía.-
Ignacio Borowitzka.
cada soplo de baladas confitadas
calándome en tus presencias violáceas
de noches largas y fríos pesados
De esos que carcomen los huesos
pero no el alma.
Puedo solitario mirar encantado
hacia la ausencia de un ser todopoderoso
Que no existe en mi camino divino
ni en el humano, ni en el exilio.
Y Solitario también mirare alucinando
la psicodélia del fin de ciclos
y cantare al cielo llorando:
-Que por ti vivo la vida,
amena, brillante y única majestad mía.-
Ignacio Borowitzka.
martes, 16 de marzo de 2010
Soledad acompañada.
Debo confesar, que no me agrada la soledad acompañada, eso de estar rodeado y a la vez solo. Como el león enjaulado en un circo, el soldado rodeado y entregado a su muerte o la ballena varada en la costa siendo el descanso de las gaviotas. Prefiero la presencia del mar inerte según la ciencia, pero para mi más vivo que cualquiera. Prefiero escucharlo a el y a sus crías reventando en la orilla.
Distingo al ojo luminoso que calienta la arena en la que me tiendo a soñar, con las pupilas dilatadas y sabiendo que es dañino; pero no más que la gente, muerdo mis pensamientos como nunca antes lo he hecho.
Disfruto asistir a la naturaleza solidaria, que vive una soledad acompañada al igual que yo, que convida sus aromas de infinitas texturas, que enseña sus colores y, ¿como no?, sus sonidos, ambos se hacen arte en mi retina y en mis oídos. Hoy ella me entrega su alimento. Dulces sabores inmortales, junto a eternos motivos para seguir vivo, en un mundo egoísta, que se pierde a conciencia, sin que nos pida nada a cambio.
Ignacio Borowitzka.
Distingo al ojo luminoso que calienta la arena en la que me tiendo a soñar, con las pupilas dilatadas y sabiendo que es dañino; pero no más que la gente, muerdo mis pensamientos como nunca antes lo he hecho.
Disfruto asistir a la naturaleza solidaria, que vive una soledad acompañada al igual que yo, que convida sus aromas de infinitas texturas, que enseña sus colores y, ¿como no?, sus sonidos, ambos se hacen arte en mi retina y en mis oídos. Hoy ella me entrega su alimento. Dulces sabores inmortales, junto a eternos motivos para seguir vivo, en un mundo egoísta, que se pierde a conciencia, sin que nos pida nada a cambio.
Ignacio Borowitzka.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Primer día de clases.
Desperté como si tuviera los efectos de la adormidera y el vino seco molestando en la garganta a mitad de la noche, la luna se dibujaba en mi ventana con un contorno difuminado, era perfecto para un cigarrillo, acostado miraba el cielo y recordaba las experiencias vividas horas atrás, antes de llegar a casa y volver a la realidad agobiante de la soledad acompañada.
Ayer, la noche se desahogo regalándonos un hermoso cielo estrellado, que mejor para cremar las sonrisas falsas y los silencios innecesarios. Las cuerdas a dúo y las voces ya gastadas de tantas noches de verano acompañaban a un vino de bajo presupuesto y una que otra cerveza tibia. Un perro esquizofrénico que moría por unas caricias, de esas que por alguna extraña razón nos cuestan tanto entregar, el mar mordiendo la orilla y un abrazo de peces galácticos, también el frío y la brisa, una mezcla de trastornadas delicias bajo la luz de Venus.
Venus, que se ha ido lejos, pero aun esta presente, esa noche estaba allí con cierta nostalgia observándome en la anestesia. Mi cuerpo se volvía pesado y mis piernas lánguidas en el viaje a tus pensamientos, atravesando esa mirada, me golpeo en la nuca ese apuro a la miseria que no logras controlar y no pude evitar caer al suelo dramáticamente, derramar de un vaso la sangre de dios y apagar inconciente un cigarro en la arena húmeda, pero tu estabas ahí y eso me mantuvo contento.
Bienvenidos sean los que deseen seguir leyendo.
Ignacio Borowitzka.
Ayer, la noche se desahogo regalándonos un hermoso cielo estrellado, que mejor para cremar las sonrisas falsas y los silencios innecesarios. Las cuerdas a dúo y las voces ya gastadas de tantas noches de verano acompañaban a un vino de bajo presupuesto y una que otra cerveza tibia. Un perro esquizofrénico que moría por unas caricias, de esas que por alguna extraña razón nos cuestan tanto entregar, el mar mordiendo la orilla y un abrazo de peces galácticos, también el frío y la brisa, una mezcla de trastornadas delicias bajo la luz de Venus.
Venus, que se ha ido lejos, pero aun esta presente, esa noche estaba allí con cierta nostalgia observándome en la anestesia. Mi cuerpo se volvía pesado y mis piernas lánguidas en el viaje a tus pensamientos, atravesando esa mirada, me golpeo en la nuca ese apuro a la miseria que no logras controlar y no pude evitar caer al suelo dramáticamente, derramar de un vaso la sangre de dios y apagar inconciente un cigarro en la arena húmeda, pero tu estabas ahí y eso me mantuvo contento.
Bienvenidos sean los que deseen seguir leyendo.
Ignacio Borowitzka.
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